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Aún me parece ver a María Cristina Sánchez revoloteando por los vericuetos del Teatro Colón poco antes del estreno de la 5ª sinfonía de Gustav Mahler programada por la Sinfónica de Colombia bajo la dirección de Luis Biava.
Si bien por su posición, directora de música de Colcultura, era la responsable de la orquesta, en ese estreno como en todo lo que hizo se jugó la vida; con Biava se empeñaron en que Mahler hiciera parte de los repertorios colombianos y la 5ª era “una pica en Flandes”.
El tesón de María Cristina era arquetípico: lo derrochó cuando fue asistente de la dirección del coro de la Universidad de los Andes y, por supuesto, cuando se le ocurrió crear el Coro Ballestrinque, a cuya cabeza estuvo durante muchos años y que por la calidad, por el colorido y desde luego por una afinación impecable, fue desde el principio casi una leyenda. Amén de numerosos discos, las presentaciones en salas de música, en templos, en el festival de Popayán o donde fuera resultaban memorables. Un repertorio a menudo desconocido que incluía canciones populares latinoamericanas y colombianas, villancicos, grandes motetes y los cancioneros de la Edad Media y del Renacimiento como los de Upsala, de La Colombina o De Palacio, le granjearon una aureola merecida gracias al talante y al entusiasmo de María Cristina.
Sin embargo, la más descollante tarea que emprendió esta mujer fue hacerse cargo durante más de una década, al principio, en un momento tormentoso, de la Orquesta Filarmónica como directora ejecutiva. Profesional nada común por su condición de administradora y por su sólida educación musical, llevó a la orquesta, junto con el maestro Francisco Rettig, con quien construyó una muy lúcida dupla, a ser una de las grandes agrupaciones sinfónicas de Sudamérica. Las sinfonías de Mahler y de Bruckner, los poemas sinfónicos de Strauss, Turangalila de Mesiaen, por ejemplo; la solidez del repertorio y la discografía; el centro de documentación, la sala Otto de Greiff y un sinnúmero de logros le otorgaron a la agrupación un alto perfil. La desvelaba la solidez de la institución y trabajó sin desmedro hasta conseguir que el Concejo la declarara patrimonio.
María Cristina Sánchez falleció el 5 de febrero y, aunque sea un lugar común, no he podido dejar de pensar en que si es cierto que hay coros de ángeles y de querubines, a lo mejor a estas horas estará cuidando la afinación de uno de ellos y ocupándose, con algún metrónomo que haya conseguido llevarse, de medir los compases. ¡Ojalá así sea! Por lo pronto, la huella que dejó en el acontecer musical de la ciudad es imborrable.
*Fernando Toledo
