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La decepción

Fernando Toledo

13 de abril de 2014 - 10:00 p. m.

Aún recuerdo con una emoción infinita, en medio de una acción que evocaba al instante el quehacer de un villorrio árabe, una figuras humanas que en Scherezada, hace 24 años en el segundo festival, parecían reptar por la pared para dejar boquiabiertos a los espectadores. Recuerdo también la tensión de los movimientos de esa pareja de talante andaluz que llenaba la escena en Barroco, o la aterradora caja negra del Infierno dantesco con que nos espeluznó Pandur, o incluso el magistral y conmovedor Hamlet del Teatro Español de Madrid, y si bien no se trata de comparar, es inevitable evocar referencias que permitan explicar la ilusión con la cual entré al teatro de Colsubsidio y el desencanto con que salí.

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Así son los festivales y no es cuestión de quejarse, pero sí cabe preguntar: ¿Cómo es posible que una obra de hace 24 años, como Scherezada, tenga tanta mayor fuerza en el concepto que una de hoy, cuando detrás de ambas estuvo el mismo director, de enorme talento, hoy en día más maduro, uno de los grandes del panorama contemporáneo, que ha trabajado en los mejores teatros de Europa y, para colmo, la actual puesta en escena con la misma compañía con la que se produjo ese mito? Para comenzar, el único criterio sorprendente en esta Medea pareciera ser esa mezcla entre la contemporaneidad y lo mediterráneo representados por una escena llena de heno y por un enorme y repetitivo acuario de multimedia que, no obstante, crea imágenes atractivas a lo Pollock. Sin embargo, en la actualización se termina por desdibujar la figura de la Medea de Eurípides más que por reconstruirla, aunque se la barnice con algo válido en los Balcanes, de donde viene la compañía, como es el desplazamiento. Hay que decir, además, que los sistemas de proyección de los sobretítulos son un auténtico desastre que pone en aprietos al espectador para conseguir seguirlos de manera al menos ajustada.

Respecto de la compañía, tampoco produce gran asombro: si bien la Medea cumple con su parte, no llega a conmover con la fuerza desgarradora que, sin llegar a la sobreactuación, se esperaría de un personaje de esa magnitud y quizás su mayor aportación sea una larga y correcta presencia en el escenario. Entretanto, Jasón resulta vocinglero en demasía, lo cual tampoco coincide con el talante del personaje. El resto del reparto, aun los figurantes simbólicos, son poco lo que agregan aunque, tal y como ocurre con esa figura blanca que simboliza acaso el destino y que en el fondo se convierte en un técnica colorista para romper la caja negra, digamos colman la escena para obtener una puesta expresionista a la vieja usanza, y con un sabor a trasnoche si se compara con lo que hasta hoy se ha visto en el festival.

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*Fernando Toledo

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