La importancia de ver aquí un título de Wagner, completo y en alemán —Lohengrin se hizo en 1923 en italiano—, justifica seguir felicitando a la Ópera de Colombia, por producirlo, y al Ministerio de Cultura, por una aportación que lo hizo posible.
Bien por los arrestos de traer la orquesta Simón Bolívar, con el director Gustavo Dudamel, cuyo virtuosismo consiguió texturas y planos sonoros coherentes con los designios del autor, y una versión de alta categoría musical. Entre los solistas, Daniel Frank fue impecable en el rol titular; genuino tenor heroico que, con Elena Zhidkova como Venus, y Melanie Diener como Elisabeth, bellas voces de sopranos dramáticas, aunque la primera figuró como mezzosoprano, rondaron la excelencia. Entre los colombianos se distinguieron el Biterolf de Valeriano Lanchas, breve pero lleno de fuerza; el pastor de la soprano Karolyn Rosero, y, claro, el excepcional Coro de la Ópera, bajo la dirección del Luis Díaz Herodier, que demostró en sus intervenciones por qué es un instrumento sine qua non de la vida musical bogotana.
Un Tannhäuser por el cual, y hago énfasis, hay que aplaudir a la Ópera. Hubiera rondado lo sublime con un mayor cuidado escénico. Lamento no coincidir con otro comentarista de estas páginas: se notó el descuido en la marcación y, en una paradoja, a veces un efectismo fuera de lugar. Por ejemplo, se hizo evidente el abandono de los intérpretes, sin señalarles durante largos lapsos acción alguna, en el primer acto y en el tercero, mientras que el bailoteo de la obertura contradijo la intención de Wagner. Innecesario el abarrocamiento, con cuerpos semidesnudos, de la última salida de Venus. La incoherencia del acrílico y el plástico en la escenografía y en el segundo acto una luna más petenera que pertinente, la pueril entrada de los cortesanos, un vestuario tornasolado, y las luces —deficientes durante toda la obra con la excepción del fragmento del Venusberg— recrearon la estética kitsch de una opereta. No hubo concepto ni un diseño cuidadoso de la producción. Si la Ópera puede abordar, como lo demostró, exigentes ámbitos líricos, debe volver por sus fueros y plantearse en serio las puestas. Se olvidó que, a partir de Tannhäuser, Wagner esboza una revolución que va más allá de lo musical: al ocuparse de los textos, la música y definir lo que llamó la “arquitectura” planteó el Gesamtkunstwerk, o la obra de arte total, que aquí no lo fue. En síntesis, bravo por lo sonoro y ¡ánimo!, tras un magnífico resultado se puede salvar una fisura que, como la que atravesó la escena de Tannhäuser, sigue haciéndose patente...
*Fernando Toledo