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En este país, a menudo, las noticias terminan sabiéndose por dimes y diretes o, como se dice, por chismes.
Las instituciones suelen ignorar al público al cual se deben, a los medios, que tienen el derecho de saber las noticias, y la información se maneja en cotarros herméticos. En el último concierto de la Filarmónica de Bogotá, alguien me susurró, como si fuera un secreto de confesión, que el director titular de la misma durante alrededor de un lustro, Enrique Diemeke, dejaba de serlo. Antes de dar crédito confirmé la noticia con tres fuentes y la pregunta que les hice a cada una fue la obvia: ¿Qué pasó? Nadie acertó a responderme con claridad y, por lo tanto, sigo sin saber el por qué de la salida. Para colmo, uno de los interrogados me dijo: “no pasó nada; se llegó a un buen acuerdo, él seguirá viniendo como invitado y está feliz”. Por supuesto esa elucidación me produjo una sonrisa irónica.
Me consta que el director mexicano fue sugerido por los propios músicos ante la crisis que pudo haber supuesto la salida del anterior, el israelí Lior Shambadal, quien remató una ristra de equivocaciones tras la dirección del inolvidable Francisco Rettig. Por lo tanto, no creo que una discrepancia con los músicos sea el origen de la nueva defenestración. Tampoco me parece que se trate, ni mucho menos, de un rechazo por parte de un público que aprecia al maestro y que, a estas alturas, hasta disfruta el consabido brinquito de cada concierto. No obstante, otra de las fuentes me aseguró que se trataba de diferencias entre el director y la dirección administrativa por la calidad de la agrupación. También me pareció algo reforzada la historia porque, más bien, habría que hacer énfasis en la disciplina y en el espíritu de cuerpo que se ha notado debilitado últimamente, lo cual no se fortalece prescindiendo del director. En pocas palabras: nadie parece saber, en realidad, qué pasó…
Todo parece indicar, o al menos eso se dice entre los atriles, que a Diemeke lo remplazará el italiano Francisco Belli, cuya dirección de la Orquesta del Valle dejó un pésimo sabor de boca y quien tiene la manía de expresarse muy mal de las orquestas colombianas. Como dirige una agrupación cubana y tiene mucha cercanía con la isla, ojalá detrás de la decisión de contratarlo, si es que es su elección es cierta, no se agazape una de esas razones de cariz político que hace décadas campeaban por la agrupación, y que no sólo parecían estar superadas sino que poco o nada le convienen a una orquesta cuya única verdad por estos días, aunque no se haya dicho oficialmente ni pío, es que se queda acéfala.
Fernando Toledo
