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¡Señora exposición!

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Fernando Toledo
23 de septiembre de 2013 - 10:14 p. m.
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Si tuviera que elegir cinco artistas plásticos colombianos, aunque suene personal y algo maniqueo, me inclinaría por Epifanio Garay, cuyo tono me trae a la memoria a los Madrazo y, por momentos, me sugiere el preimpresionismo; incluiría, en todo caso, el rigor modernista y elocuente de Édgar Negret, con esas esculturas indigenistas que, en cada ojeada, siguen sorprendiendo; agregaría la audacia contemporánea y conceptual de Doris Salcedo, con sus instalaciones, grietas y obras de menor formato que llenan de inspiración el presente, y no podría dejar por fuera a los dos hermanos Cárdenas, Juan y Santiago, cuya fuerza pictórica evoca esa suerte de propósito renacentista de acentuar el hombre y su entorno.

Por ello, por las vibraciones que me produce la obra exhibida, no puedo menos que recomendar como la más extraordinaria exposición de estos días en Bogotá la de Santiago Cárdenas, que con el nombre, en todo caso discreto, de Lo cotidiano, se lleva a cabo en el Museo de Artes Visuales de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. La muestra, ensamblada con la perspicacia del artista y el ojo de la curadora Ana María Escallón, permite recorrer uno de los trayectos más elocuentes de la pintura nacional de los últimos cincuenta años. En ella, en medio de una enorme emoción, se va descubriendo, por ejemplo, el lirismo vibrante de algunos de esos trabajos cuya volumetría y libertad de formatos los convierte casi en pinturas escultóricas. Por momentos la vida diaria parece alinearse con la influencia casi imperceptible del pop art y aún del surrealismo, para producir una sensación de familiaridad llena de pertinencia y al mismo tiempo abrirle espacio a la imaginación. No podían faltar los ganchos, los cordones, los enchufes que parten de un dibujo cuya calidad permite, además de descubrir la arquitectura de la forma, repasar el oficio certero y la agudeza de un especialista en la línea. Entre las obras que más impresionan están los tableros o pizarras, tan característicos de una época de Cárdenas, que, lejos de ser leídos como fruto de un supuesto expresionismo abstracto, tienen el efecto contrario de permitir ensamblar historias nutridas de trozos de palabras o de mendrugos de fórmulas que avivan los laberintos del recuerdo. En los marcos, en los cartones, sorprenden, como en todas las piezas, las pequeñas trampas ópticas que bordean el hiperrealismo sin caer en la obviedad de lo exacto. En fin, una exhibición que nadie debe perderse porque lleva a repasar, o a descubrir, el mundo prodigioso, cercano y sobre todo lleno de poesía de un gran maestro...

 

 

 

Fernando Toledo *

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