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Tras una larga inauguración, en la cual se le fue la mano en longitud a la divertida ministra de Cultura de Brasil —dicho sea de paso que la nuestra hizo mucha falta—, mientras Rafael Pardo, en medio de un injusto abucheo, mostró el talante y los calzones de un político al leer su discurso sin inmutarse hasta ganarse, como correspondía, un discreto pero más que merecido aplauso salpicado con algún bravo, se dio inicio a la decimocuarta versión del Festival Iberoamericano de Bogotá. La primera obra que se subió a escena tras la ceremonia inaugural, Gonzagão, la leyenda, escogida acaso por referirse a un personaje que llenó el noreste del país invitado de honor, resultó un musical colorido y de gran vestuario, efectos lumínicos y buena puesta, salvo porque se alarga y repite hasta convertirse en la clonación permanente de un déjà vu, lo cual me llevó a abandonar la sala para ir a buscar comida por lo avanzado de la hora.
En mi abono, al día siguiente, figuraban dos imperdibles: en matiné La función por hacer, una obra, adaptación libre y en tono de cierta ironía hasta cuando se desgaja la consabida tragedia, de Seis personajes de Pirandello, en puesta en escena de la compañía madrileña Kamikaze, cuyo impresionante nivel actoral convenció al cien por ciento. Bajo la dirección del cineasta y director teatral Miguel del Arco, quien, en mi opinión, es uno de los pesos pesados de los conversatorios que ofrece el festival. No en vano esta obra, que en su versión original, por allá en los veinte, cambió en parte la concepción del teatro por acercarlo al absurdo, en esta lectura del siglo XXI arrasó en 2011 con los Max, equivalentes a los Óscares, que cada año se otorgan en una escena compleja y densa.
A su turno, la compañía Shen Wei Dance, de los Estados Unidos, con la segunda parte de su propuesta, Folding, mostró que ha debido quedarse en esas bellas búsquedas de la plasticidad, que se nutren de la blancura del polvo de arroz, el estilo de Tadasho Suzuki, la danza butoh o los aires nepaleses, en vez de tratar de descrestar calentanos intentando la relectura de Stravinsky que mostraron al principio, y que no era ni chicha ni limoná. Me explico: en la primera parte del espectáculo, al abordar La consagración de la primavera, han debido entender que esta obra cambió en parte la concepción de la música, que no sólo es importante sino que lo es mucho más que la coreografía que generó y que por ello no era válido volverla una especie de “suite para cuatro manos para piano”, de regular factura, sin dejar de troncharla para poder dar más o menos brinquitos. En resumen, a una mitad paupérrima la siguió otra excelente. ¡Increíble!
