Puede ser que, como lo dice el famoso tango, 20 años no sean nada. Pero 25 pueden ser mucho.
La distancia histórica entre el mundo de la Guerra Fría —escribo esto esperando que la expresión aún sea inteligible para el no especialista— y el de hoy es enorme.
Las economías centralmente planificadas de Rusia y Europa Oriental produjeron verdaderos milagros económicos, avances sociales en gran escala, y maravillas en términos de ciencia, tecnología, cultura y deporte. Pero los costos humanos de estos logros fueron gigantescos: comenzando por la libertad y, en demasiadas ocasiones, por la idea misma de la intangibilidad de la vida humana. La tesis de que la planificación podía reemplazar totalmente al mercado generó distorsiones irreparables, y a la larga condujo al estancamiento económico. Esto ya era evidente en la década de 1960. Algún lector aún recordará que por esa época los comunistas de todo el mundo, incluidos los colombianos, discutían acaloradamente cuáles eran las leyes que regían al socialismo. Se le atribuye al gran líder comunista italiano Enrico Berlinguer —recién regresaba de la Unión Soviética— una declaración del siguiente tenor: “Las tres leyes fundamentales del socialismo son las siguientes: las estadísticas no son ciertas, los zapatos tallan, y el papel se pega a los caramelos”. Idiosincráticamente italiano, pero rigurosamente cierto. En la década de 1980, era claro que el socialismo real constituía un mal sistema, y que sus poblaciones estaban retenidas allí gracias a una serie de muros. Pocos —me cuento entre ellos, cosa que constituye para mí un puntillo de honor— creyeron que caerían: pero lo hicieron.
La voz de un Berlinguer —un líder de talla histórica, defensor a ultranza de la democracia y a la vez un decidido y rudo luchador social—, empero, revela los efectos paradojales del socialismo real: como sistema finalmente fracasó, pero en cambio mejoró sustancialmente a su adversario, el capitalismo. Éste había logrado civilizar a la lucha política y de clases después de la Segunda Guerra. Pero, enfrentando la amenaza comunista, desarrolló la inclusión social a través de grandes pactos socialdemócratas, agresivas políticas sociales e impuestos altos (esto incluye a los Estados Unidos; el programa de Johnson, por ejemplo, sería tachado de subversivo si se presentara literalmente hoy en nuestro país). En los países capitalistas desarrollados, los grandes partidos obreros abandonaron el discurso de destrucción del sistema a cambio de esas grandes fórmulas sociales. También en el mundo en desarrollo se produjeron algunos milagros —crecimiento acelerado, inclusión en grande—, que se explican básicamente por la capacidad de los gobernantes del respectivo país, pero también por un entorno internacional que aprobó tales cambios, y los financió: piense el lector en Japón, Corea y Taiwán. El gran negocio de la Guerra Fría era no ser comunista, pero tener un vecino que lo fuera.
Con el derrumbe del Muro se abrieron muchas exclusas y millones de personas accedieron a la libertad y a mejoras económicas sustanciales, pero comenzó un ciclo largo de empeoramiento del capitalismo, y por consiguiente de deterioro de los pactos sobre los que reposaba la civilización política que adquirieron los países desarrollados desde la década de 1960. La idea de que el único mecanismo regulatorio de la sociedad era el mercado tuvo tiempo de revelar todas sus implicaciones destructivas y antisociales (¿se acuerdan de la declaración de la Thatcher: “la sociedad no existe”?).