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A propósito de una encuesta

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Francisco Gutiérrez Sanín
13 de septiembre de 2012 - 10:54 p. m.
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Cuando uno lee a quienes han adoptado la posición de oponerse militantemente a las conversaciones de paz, llega a creer que ésta constituye un atroz crimen.

Si es así, entonces la Gran Encuesta Especial del Proceso de Paz (Ipsos, RCN y Semana) corrobora una verdad de a puño: el crimen sí paga. Pues el sondeo demuestra que en Colombia hay un gran capital propaz, y que los políticos que se decidan a coger por esa trocha (reconociendo que está llena de huecos, precipicios y saltos) pueden obtener réditos significativos. Que se gane con buenas decisiones es algo que les puede dar mucha rabia a los fundamentalistas católicos. Pero es la esencia de la política democrática, terrenal y laica.

El contexto inmediato, como el lector recordará, era la caída estruendosa de los niveles de aprobación y confianza en el Gobierno debido a la malhadada reforma a la justicia (que, a propósito, ahora se quiere revivir a pedacitos, cosa a la que habrá que dedicarle atención). Después del anuncio de los diálogos con las Farc, subió en 20% el número de personas que creía que el país iba por buen camino (me baso en la ficha técnica que publicó Semana). Un salto enorme, con garrocha, en el optimismo nacional. La favorabilidad de Santos creció en 13%. La contracara de esto es la evolución del apoyo a Uribe. Éste tenía que saber que su agresividad sin resquicios le tendría que costar tanto entre la opinión como entre la clase política. Giró contra su enorme popularidad inicial. Pero ya empieza a haber un problema de fondos. Desde su momento más alto (una favorabilidad del 91%) se ha escurrido a un todavía imponente pero ya mundano 55%. Su virulencia y su posición recalcitrantemente antipacifista lo pueden seguir debilitando.

La encuesta tiene otros resultados muy claves, que por desgracia han pasado totalmente desapercibidos. De ellos, el que más me impresionó es el margen de maniobra que tiene la ilegalidad en este país. Por ejemplo, en abril de 2012 7% de los encuestados tenía una opinión favorable de las bacrim, 7% del Eln, 11% de los paramilitares y 6% de las Farc. Mal contados, y si uno tiene en cuenta que puede haber algún traslape entre quienes gustan del Eln y las Farc, por una parte, y los que gustan de los paramilitares y las bacrim, por la otra, esto podría sumar 20% de los encuestados. Posiblemente una subestimación (por más que se prometa el anonimato más de uno esconderá sus preferencias en materia tan delicada). Y una cifra gigantesca que, si uno admite que la encuesta es razonablemente representativa, habla de millones (digamos, al menos dos millones que simpatizan con la ilegalidad de la derecha y dos con la de la izquierda; estoy pensando en algo así como 20% de los adultos). Ustedes están, señores, sentados sobre un polvorín (nosotros estamos). Esto no es un gran descubrimiento: es un simple y prosaico recordatorio. Esa idea rosa —pero a veces con inflexiones siniestras— de que estábamos viviendo en un mundo bonito, limpiecito y bien organizado, cuando de pronto entraron unos tipos terribles a molestarnos con su espantoso desafío terrorista, simplemente no se sostiene. Por muchas causas, hay un sector de nuestra población —una minoría, pero una minoría grande— que mira con simpatía a las opciones armadas de uno u otro signo. Lo mínimo que uno puede decir es que parece que ninguno de estos grupos (o sus sucesores) tendría por qué afrontar una crisis vocacional en el futuro inmediato. Si uno tiene dos dedos de frente, en lugar de hacerse cruces ante el hecho se pregunta por qué. Por mi parte, me parece una razón tan contundente a favor de la paz como cualquier otra.

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