Estoy a miles de kilómetros de Colombia, en un congreso apasionante, por lo que prefiero no comentar nuestros grandes debates, que se desenvuelven a toda velocidad.
Buen signo: la paz nos está permitiendo discutir de cosas serias, desde la victimización de líderes sociales (creo que David Flórez tiene la razón, pero me referiré a esto después), hasta la justicia transicional, pasando por constituyentes y constituidos.
Pero por ahora comento una historia de amor con la que me topé en la ciudad de Poznan, en donde se celebra mi congreso. Estaba en uno de los seminarios. De pronto me distraje y miré lo que estaba escrito sobre el pupitre. Decía: “Kocham kapitalizm” (Amo el capitalismo). Alguien más —la letra era muy diferente— había escrito debajo: “Yo también”, junto con varios signos de dólar (no: no de pesos ni de zlotys, la moneda polaca, sino de dólar). Pensé en los cientos y cientos de grafitis que se amontonan sobre las paredes de nuestra ciudad universitaria, que leo con invariable atención, y no pude recordar ninguno que tuviera esta expresión tan personal. Me refiero, claro, a los grafitis políticos: contienen denuncias, burlas, expresiones de ira, llamados a la movilización… Nada parecido a la sobresaltada audacia con la que una adolescente estira la mano para acariciar a la de su novio, que es lo que uno evoca cuando lee ese furtivo pero rotundo “amo al capitalismo”. La que caía más cerca era una frase del Ché Guevara: “la solidaridad es la ternura de los pueblos”, sentimental, pero al mismo tiempo abstracta, y además creo que falsa (a lo largo de muchos años de presenciar diversas formas de solidaridad espectaculares y valientes, creo que los sentimientos que más las alientan son la rabia, la indignación y un sentimiento sublevado de injusticia).
Apenas volví al hotel gugleé la expresión y me encontré con que constituye un nicho cultural no muy grande, pero tampoco insignificante: más de 90.000 referencias, algunas de ellas al famoso documental de Michael Moore (“Capitalism: a love story”, 2009), pero sobre todo blogs, chistes, comentarios, provenientes de gente que no parecía estar relacionada entre sí. Salvo los entusiastas de Moore, lo único que parecían tener en común estas gentes era la misma pasión altamente personalizada que encontré expresada en el pupitre.
Me niego a “teorizar” sobre esta pequeña anécdota, pero se me ocurre que los políticos prácticos, sobre todo los de izquierda, harían bien en considerar con cuidado preferencias como estas. Siempre que la izquierda se ha involucrado en experiencias de gobierno fallidas, ha dejado a millones de personas suspirando, con buenas razones, por el retorno “a la normalidad”. No es casual que sea Polonia el país en donde encontré esta declaración primaveral y personalísima de amor al capitalismo. La catástrofe del “socialismo realmente existente”, defendido de manera tan irreflexiva por miles de intelectuales en todo el mundo, generó esto. No quiere decir que el régimen que lo sucedió sea un lecho de rosas; pero pocos, muy pocos, querrían regresar al punto de partida. Y si me pidieran invertir bien el dinero en una apuesta a largo plazo, pondría los restos a favor de que en 20 años casi ningún venezolano escuchará la palabra “socialismo” sin que un escalofrío le recorra las espaldas.
Estas realidades deben ser ponderadas con severidad, pero sin complejos. Estos lustros de gobiernos latinoamericanos de izquierda han arrojado avances indudables a nivel continental, fracasos abyectos, resultados intermedios, y algunos pocos éxitos espectaculares (la Bolivia de Evo). Como en otras latitudes, algunos gobiernos igualitarios —especialmente aquellos que logran combinar inclusión social y crecimiento económico— han mostrado tener el potencial para producir grandes cambios que generan mejoras cualitativas en la calidad de vida. Pero no hay que defender la ruta del fracaso, también abierta.