COMO YA LO HAN NOTADO VARIOS buenos comentaristas, este año va a ser movido. Probablemente la agenda pública estará ampliamente dominada por la intentona reelectoral del Presidente, y la respectiva reacomodación de fuerzas que ella está produciendo.
La carrera arranca en las siguientes condiciones. La taimada aspiración de Uribe a un tercer mandato resquebraja tanto el apoyo del que goza como a la coalición de gobierno. Ya vimos en las encuestas un bajón en los niveles de popularidad de Uribe. Y Cambio Radical ha seguido jugando su billar a tres bandas, y está cada vez en peores términos con el Gobierno. Es cierto que también hay movimientos en la otra dirección (Rodrigo Rivera). Pero la oposición ha detenido su hemorragia, y lo menos que se espera ahora es una estampida de políticos gasolineros hacia las filas uribistas. La tendencia es más bien hacia la manifestación creciente de malestar frente al abierto caudillismo del uribismo duro, incluso por parte de figuras cercanas al Presidente. En fin, en términos puramente institucionales, el panorama de la reelección parece complicado.
Eso no quiere decir que quienes nos oponemos a la perpetuación de Uribe en el solio presidencial podamos darnos el lujo de hacer cuentas alegres y echar voladores. Lo más probable es que Uribe NO sufra un descenso dramático en los sondeos, por dos razones básicas. Primero, el caudillismo en general es difícil de combatir; perdura en la memoria de la gente (esa es una de sus características más temibles). Fujimori hasta el puro final de su mandato fue popular en sectores muy amplios; de hecho, aún hoy cuenta con simpatías. Segundo, parte del significado del fenómeno Uribe (que todavía está por valorar) es el desarrollo de un lenguaje capaz de llegarles a nichos de opinión muy diversos. Por ejemplo, en las dos Encuestas de Legitimidad Institucional realizadas por el Iepri en 2005 y 2007, la mayoría de los encuestados que se autoidentificaban como de izquierda eran uribistas. Más sorprendente, prácticamente la mitad de los que se autoidentificaban como muy de izquierda también lo eran. Abstrayéndonos de la agresividad y las trampas, la posesión de un lenguaje público muy dúctil, junto con ciertas políticas públicas que tienen amplia aceptación —enfrentamiento sin resquicios con las Farc—, han permitido que Uribe, con más de seis años de gobierno y una acumulación de escándalos sin precedentes a sus espaldas, tenga aún el apoyo sólido de más de la mitad de la población.
La oposición tiene, pues, una ventana de oportunidad, pero enfrenta a un adversario formidable. Si no se esfuerza por entender bien las dinámicas detrás del fenómeno Uribe, y por superar sus propias debilidades, le caerá la condena que han sufrido las oposiciones de otros países andinos: años de rabia y resignación, dando vueltas en un círculo vicioso en donde la virulencia del lenguaje es directamente proporcional a la impotencia política. Las condiciones necesarias para que tenga éxito son: a) que pueda desarrollar un lenguaje para toda la población, incluida aquella que admira al Presidente; b) que sea capaz de ir a la liza con un candidato único. ¿Será capaz? Ya veremos.