Hay una bella ópera llamada Aída. La versión que ha dado el huerto sobreabonado de nuestra vida política es más bien un sainete. Sí, da risa. Sí, da rabia. Pero también revela problemas que no podremos ignorar fácilmente.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
Vale la pena recapitular la nuda secuencia de hechos para entender por qué. Merlano fue elegida congresista. Sin embargo, la cogieron comprando votos. La condenaron. Perdió su investidura y fue a dar con sus huesos en la cárcel. Eso sí, no se le aplicó a su partido, el Conservador, la figura de la silla vacía —cosa que, en mi ignorancia jurídica, me parece inaudita—. A ella se le dio un trato privilegiado. Fue precisamente gracias a él que se pudo volar. No lo digo por malicia. Si el lector quiere comprobarlo, le propongo el siguiente experimento: robe una gallina (para garantizar una condena severa) y una vez encanado pida permisos para citas odontológicas que conduzcan a un flamante diseño de sonrisa. Y me cuenta cómo le va. Estos privilegios para las personas que cuentan con las suficientes conexiones parecen no notarlos en Colombia: han terminado por considerarlos normales. Por eso, muchos tampoco los entienden como “políticos”. De hecho, para ellos ni siquiera existen. Pocos parecen verlos, o querer verlos: hacen parte del paisaje.
Como fuere, después de varias aventuras —ella cuenta que su vida estuvo en peligro y que su cinematográfica huida en realidad hacía parte de un plan para matarla— Aída recaló en Caracas. Allí se decidió a cantar. Ahora bien: Entiendo que el Gobierno colombiano quisiera tenerla aquí, calladita. No sólo es lo que se colige de los insultos que Duque le dirigió (“bandida”), en medio de ingenuas admoniciones. Es probablemente lo que le conviene. Pero ¿cómo traerla de vuelta? Todos sabían que tendrían que pedirla al presidente ficticio de Venezuela, el señor Guaidó. Todos sabían que esa solicitud sería una insondable ridiculez. Muchos contuvieron la respiración esperando a ver qué ocurría. Pues la pidieron. El pobre Guaidó respondió confusamente. Al menos esta vez no lo culpen. ¿Qué podía hacer? Como dijo la propia Merlano, a quien no le falta su gracia: “Si Guaidó me extradita, es como si mi abuelita me viniera a visitar”.
En el ínterin, está diciendo cosas algo menos placenteras. Por el momento, las confiesa a las autoridades venezolanas. En la entrevista que concedió a Vicky Dávila habló de compras masivas de votos y de injerencia seria de ese delito en las elecciones presidenciales. De prácticas tremendas de los Gerlein, de los Char, que favorecen a muchos (incluido Duque). No son pequeñeces. Ni es un tema que Aída ignore, pues ella fue hasta apenas ayer parte de esas mismas redes clientelistas y familiares que hoy denuncia. Tampoco es algo extravagante, producto de una imaginación calenturienta. Hay muchos precedentes que dan alguna plausibilidad a sus versiones. Un viejo zorro de la política como Gerlein (Roberto) ratificó algunas de ellas.
La opereta de Aída tendría todo para apasionar al público. Sexo y violencia: la sustancia misma del horario triple A. Cierto: tienen razón los que advierten que sus dichos deben ser tomados con pinzas. Pero eso significa valorados con cuidado, no desechados. E independientemente de que se quiera promocionarlo o meterlo en sordina, el episodio —pese a, o más bien precisamente por, su carácter equívoco y descompuesto— constituye un excelente pretexto para mirar con lupa nuestro sistema político y, de paso, mirarnos en el espejo. Aída en cierta medida solamente está apenas redescubriendo, pero precisamente por eso está permitiendo una pausa a quien quiera tomarla para preguntarse cómo se hacen la política y las políticas en Colombia. Pues aquí se encuentra toda una serie de elementos —comenzando por el gran peso de los contratistas— que están íntimamente asociados a nuestras dinámicas de representación. Tanto, que los protagonistas del libreto “Aída” podrían llegar a gobernar Colombia —si no lo están haciendo ya—.