El país se prepara, con el corazón en vilo, para los Juegos Olímpicos de Londres de este año.
E invierte todavía más emociones, tiempo, dinero y esfuerzos en el Mundial de Fútbol, que llevará a cabo Brasil en 2014. Para ambos eventos, cuenta con indicadores claros, simples, y razonables, que siguen, interpretan y discuten en los cafés millones de colombianos. Queremos llevar 100 atletas a los Olímpicos, y ganar al menos cinco medallas. Y queremos acumular el suficiente número de puntos como para estar en el privilegiado grupo de países que irá sin necesidad de repechaje a la cita orbital del balompié.
Pues bien, sólo un año después (es decir, en 2015) tendrá lugar otro evento, que por lo menos tiene algo de alta competición, pero que el país ha ignorado rotundamente. Se trata del cierre de los flamantes Objetivos del Milenio. Estos fueron acordados como un propósito universal, que supuestamente coordinaría y alinearía los esfuerzos de los gobiernos, las agencias internacionales y la banca multilateral. Hasta por estos lares se alcanzó a hablar de la cosa. Nadie se opuso. Lo que me corrobora en mi opinión de que en nuestro país el verdadero beso de la muerte para cualquier iniciativa, política o área de interés es que no cuente con enemigos. Sea como fuere, los Objetivos del Milenio también estaban armados en principio con indicadores fáciles, sencillos de entender, que uno puede discutir en el café al calor de un tinto o de una cerveza. Por ejemplo, reducir la pobreza extrema a la mitad, o asegurar para todos los niños por lo menos la primaria completa. Incluso la porción (sustancial) de los Objetivos del Milenio que no estaba muy bien definida tenía un aspecto fácilmente aprehensible, traducible a un debate razonable. El objetivo 1.b., valga por caso, se refiere a “garantizar empleo pleno y decente” a la población, incluyendo a las mujeres y los jóvenes. Cierto: estamos a años luz de una definición bien construida de empleo decente. Pero eso en lugar de ser un obstáculo podría convertirse en un incentivo para unos analistas y técnicos serios que quisieran pensar cómo se precisa el concepto, y para unos formadores de opinión curiosos que quisieran ver qué puede significar en nuestro contexto.
Por lo demás, el ejemplo muestra de manera harto elocuente que los Objetivos del Milenio no atañen solamente a países en condiciones extremas de subdesarrollo. También tienen que ver con aquellos que, como nosotros, están en el escalón medio bajo. En ninguno de los ocho macroobjetivos del Milenio estamos totalmente a cubierto, en algunos no parece que hayamos avanzado mucho, y en al menos uno (sostenibilidad ambiental) posiblemente hayamos retrocedido.
Y estamos a apenas tres años... Y nadie, ni siquiera nuestros expertos y nuestros tecnócratas, se pregunta cómo le irá a la selección Colombia en ese otro encuentro ecuménico. Mientras que para los Olímpicos ya casi completamos el centenar de atletas que coleccionarán las cinco preseas, con 40 millones de tipos y tipas pujando para que logren hacerlo, y para el Mundial de Fútbol consiguieron al extranjero que, dicen, pondrá a correr a nuestros jugadores, para el cierre de los Objetivos del Milenio no tenemos nada. ¿O quién se está preguntando en serio sobre el trabajo decente o acerca de la sustancial sobrerrepresentación de las mujeres en el trabajo informal?
A los colombianos aparentemente nos gusta mucho la alta competencia, pero sólo si no tiene nada que ver con el bienestar de la población.