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Ambivalencias

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Francisco Gutiérrez Sanín
09 de enero de 2015 - 04:03 a. m.
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Difícil escoger el tema para la primera columna del año.

Qué es mejor: ¿irse por la variante que invita al optimismo —la evolución del proceso de paz— o por la pesimista —el alevoso ataque homicida contra el semanario satírico francés—? Terminé decantándome por la primera, en parte por la triste intuición de que en todo caso a lo largo del año tendré ocasión de referirme a multitud de fenómenos negativos.

Pero también porque la paz colombiana avanza vigorosamente, pese a los esfuerzos y predicciones maliciosos de sus enemigos. Basta con hacer la enumeración de lo que ha ocurrido en estos primeros diez días de 2015: cumplimiento serio por parte de las Farc de su tregua, aceptación pública por parte del Gobierno de este hecho, anuncio del presidente de orientarse hacia una vinculación entre las lógicas de la mesa de negociación y las de los teatros de operaciones, y finalmente declaración por parte del Eln —en su lenguaje críptico, con sus esguinces característicos, pero con elementos nuevos— de querer montarse al bus de la construcción de una Colombia sostenible y sin guerra.

Todos estos pasos son muy significativos. Estamos, por tanto, cada vez más cerca de la meta: exasperantemente. Y uso esta expresión porque todos aquellos avances empujan al proceso hacia su momento de culminación, resaltando lo que crucialmente falta para arribar a buen puerto. La arquitectura del proceso de La Habana, y los acuerdos alcanzados hasta ahora, ponen al país frente a una enorme oportunidad, y la pregunta simple es: ¿sabremos aprovecharla?

La respuesta, obviamente, pasa por variables políticas. Aquí me concentro en tres tareas urgentes (por supuesto, hay más). La primera es simplemente la explicación continua, sostenida, en gran escala, de los acuerdos alcanzados con las Farc. No basta con haber publicado los textos. Los sondeos de opinión muestran que sobre esto hay gran desconocimiento y desconfianza. La carta reciente enviada a Santos por Pastrana, con su intento de presentar lo aprobado en La Habana como un largo listado de concesiones a las Farc, se enuncia desde la expectativa de pescar en el río revuelto de una opinión que sabe que hay un proceso y lo apoya mayoritariamente, pero que no conoce sus particularidades (y no gusta de algunas de ellas). No hay que permitir que esto ocurra. Llegó el momento de la pedagogía de la paz en gran escala.

La segunda se relaciona con los partidos. La paz en el contexto colombiano difícilmente unirá a todas las voluntades. Por consiguiente, habrá que buscar ampliar incesantemente la coalición pro paz sin minar los acuerdos alcanzados en La Habana (cierto: más fácil decirlo que hacerlo). Algunas fuerzas están alineadas de manera nítida con la paz (ciertos partidos de la Unidad Nacional, sectores de la izquierda); otras han invertido todas sus energías en estorbarla (Centro Democrático). Quedan partidos cuya posición no es del todo clara, y que podrían tener un papel crucial en el juego por venir. Me parece particularmente importante ver qué pasa con el Partido Conservador. Los azules beben de diversas tradiciones (entre ellas, una vigorosa y larga experiencia pacifista y tolerante, que va desde Carlos E. Restrepo y José Vicente Concha hasta Ramírez Ocampo), y la pregunta es cuál prevalecerá.

Por último, es menester desarrollar una política seria, estratégica, hacia la Fuerza Pública. Históricamente, los intentos de apaciguarla por medio de concesiones en términos de autonomía y fuero para que permita la culminación del proceso han tenido muy mal desenlace. Además, en principio no están bien orientadas. A la vez, estoy cada vez más convencido de que la paz puede ser también una gran oportunidad para voces institucionales y modernizantes dentro del Ejército y la Policía. Pero si las oportunidades no se convierten en propuestas y alternativas, se pierden.

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