¿Qué tan deseables son los apasionamientos por una causa pública (cualquiera: la defensa del sistema, el socialismo del siglo 21, la lucha contra el socialismo del siglo 21)? No hay respuestas únicas a esta pregunta.
Seguramente sea imposible realizar cambios positivos en gran escala sin un intenso y prolongado involucramiento emocional de millones de personas. La otra cara de la moneda es que los entusiasmos banderizos pueden causar daños enormes: a la democracia, al adversario, pero también a la causa misma que pretenden defender. Se convierten en “amores que matan”, parafraseando el título de la famosísima telenovela.
Un libro reciente (Ambivalent Partisan) retorna con gran poder a este venerable tema, destacando también el potencial democrático de las personas que son capaces de mantener al mismo tiempo sus principios y preferencias políticos en general, y la capacidad de evaluar cada caso según sus méritos, en particular. Su punto de partida simple es el siguiente: en el razonamiento motivado (el que caracteriza a la política), la cognición sigue a los objetivos. Ya lo dijo hace rato el buen Hume: “La razón es sirvienta de las emociones”. Pero, por otra parte, solamente un puñado de ciudadanos puede estar al tanto de las principales complejidades de la lucha política. Por consiguiente, la abrumadora mayoría de la gente toma sus objetivos de otros (los partidos o las fuerzas con las que simpatizan, quizás por motivos banales) para orientarse en el mundo. Los autores muestran, empero, que hay en esencia dos maneras de administrar tales objetivos: una rígida y otra flexible. La primera se atiene a un libreto rigurosamente predeterminado (y afirma que todo el mundo lo hace); la segunda se da el lujo de pasar las fronteras invisibles de las ideologías, y de cambiar ocasionalmente de opinión. A través tanto de resultados experimentales como de análisis de encuestas, el texto muestra de manera brillante cuán grandes son las diferencias entre los dos estilos cognitivos. El primero tiene un potencial catastrófico que solamente puede ser disuelto y domesticado cuando hay en la población un porcentaje relativamente alto de personas con mentalidad flexible. Estas también ofrecen a la vida pública democrática un componente indispensable: lealtad crítica.
Me pregunto qué mecanismos habrá detrás de tales resultados. Uno es que las personas rígidas defienden a su sistema y su grupo a rajatabla, considerando a todo crítico como enemigo, y por consiguiente bloquean los mensajes que necesitan las organizaciones y las agencias para iniciar procesos de mejoramiento organizacional. Otro es que cualquier forma viable de convivencia democrática requiere de la existencia de espacios de negociación entre adversarios, que los militantes calenturientos tienden a cerrar, no sólo por sus posiciones sino por el tono que adoptan.
Nótese que este no es un problema de centrismo versus extremismo. Una hipótesis sería que la gente en los extremos tiende a ser rígida, pero este es un problema empírico, no lógico. En principio, uno podría esperar encontrarse con los dos estilos cognitivos conviviendo en muchos lugares del espectro político. Sin embargo, es posible que el debilitamiento, el fraccionamiento y la pérdida de convicción del centro que Colombia comparte con otros países tenga que ver con nuestra pérdida de capacidades en términos de lealtad crítica.
Pues Colombia parece estarse quedando sin “partidarios ambivalentes”, y la lealtad crítica es mirada con sistemática sospecha. Esto no es casual. Hay fuerzas y liderazgos interesados en sugerir que cualquier reproche o análisis demasiado comprometedor, cualquier sugerencia de cambio, constituyen una traición. Los llamados programas de opinión, tanto en radio como en televisión, premian el alarido, el arte de pontificar y la expresión rotunda, lo que conduce a la forma más deprimente de darwinismo: la supervivencia del más estridente.
Lavine, Johnson, Steenbergen (2012): The Ambivalent Partisan: How Critical Loyalty Promotes Democracy, Oxford University Press