14 Jan 2022 - 5:30 a. m.

Año turbulento

Y comenzó 2022. En Colombia, la fecha está marcada por un evento central: las elecciones presidenciales. Con apuestas altísimas e incertidumbres igualmente grandes.

Es verdad que el candidato del Gobierno debería perder, dado el enorme desprestigio de su partido y presidente, así como del caudillo que los inspira y maneja. Es algo que ratifican sin cesar las encuestas. De hecho, los uribistas han empeorado la situación, superponiendo a la tendencia natural de su perfeccionista-presidente a lo grotesco un discurso que pretende taimadamente ser de oposición. Así, incluyen motivos como la lucha contra la corrupción, lo que produce risas amargas no sólo por la manera en que lo hacen, sino por la ostensible contradicción entre el dicho y el hecho. Cierto: el uribismo en su origen fue en parte un alarido de rabia contra el establecimiento (la vieja política clientelista que se ocupaba de intereses pequeños y no de la seguridad, etc.). Pero es un espíritu que ya no podrá recuperar. Pues ahora, al cabo de 20 años, el uribismo ES el establecimiento (al menos en buena parte). Al colonizarlo y llevar al paroxismo sus peores prácticas y discursos, ha generado una crisis institucional sin precedentes.

Y es en esta situación en la que los colombianos debemos escoger primer mandatario. Creo que hay tres preguntas fundamentales relacionadas con esa decisión. La primera es si el resultado en efecto dependerá de las urnas y no de otros factores. No creo que esto esté garantizado y los últimos meses me han ratificado cada vez más profundamente en esa convicción. Necesitamos supervisión y apoyo internacional, así como una continua y severa vigilancia interna. Sería clave incidir de tal manera que disminuyan los incentivos (por ejemplo, dando garantías a auditorios claves) y aumenten significativamente los costos de distorsionar los resultados electorales.

La segunda es quién ganará. Naturalmente, los escenarios serán distintos si hay distorsión o si las urnas pueden efectivamente dar su veredicto. En este último caso: la competencia está endiabladamente interesante y en los próximos meses podremos esperar un gran dinamismo en lo que respecta a las posiciones de los candidatos. Cierto, hay un grupo de pigmeos que parece ya no saldrán de esa condición —Barguil, frívolo y odioso a la vez, etc.—, pero otros aún tienen una expectativa razonable de llegar al pelotón puntero. Creo que Petro tiene garantizado su paso a segunda vuelta, pero aparte de eso no hay mucho que esté decidido. El período entre primera y segunda vueltas —si las hubiere— será clave. Dado que el candidato gobiernista es tan débil, el Centro Democrático tendrá que buscar alianzas. ¿Y entonces con quién? Seguramente quisieran que el ungido saliera de la llamada Coalición de la Experiencia, ¿pero tendrá con qué pasar a segunda vuelta?

La tercera es cuáles son las condiciones para que el ganador pueda gobernar (y gobernar bien). Todas estas cosas parecen bastante obvias, pero de pronto no lo son tanto y en todo caso es bueno repasarlas de vez en cuando (por lo demás, y un poco más fundamentalmente, creo que por estos pagos los analistas le tenemos un temor reverencial y no justificado a lo obvio. Si el año me deja un respiro, dedicaré una columna al tema).

Claro, hay muchos otros asuntos cruciales en juego en este 2022: la elección al Congreso, malestar en las grandes ciudades (y revocatoria en Medellín), reformas cruciales pendientes, el Eln, el estado del Acuerdo de Paz… A propósito: ¿sí vieron que Archila explicó con gran entusiasmo que el Gobierno perfeccionista sí está implementando el Acuerdo, sólo que no el que se firmó sino el que quiere Duque? El que quiera más claridad para ver a través de este burdo juego de policía bueno y policía malo que pida caña. Pero todo esto se cruza con la decisión fundamental sobre quién ha de gobernarnos.

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