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Francisco Gutiérrez Sanín
23 de mayo de 2014 - 03:22 a. m.
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Se acerca la primera vuelta de una elección presidencial en la que están en juego muchas cosas. No estoy de acuerdo con los que han afirmado que en esta campaña brillan por su ausencia programas e ideas. Ante todo, porque hay situaciones en las que el estilo y la forma constituyen un programa. Esa es precisamente la marca de la actual coyuntura colombiana.

El estilo del uribismo revela —de una forma que tiene tanto de cándida como de arrogante— la magnitud de la amenaza que representa para el país, pero también las características que constituyen su identidad más íntima, y de las que no puede desprenderse. El espionaje y la agresión brutal a los adversarios, la ración semanal de escándalo y de promiscuo comercio con la ilegalidad, la denuncia temeraria combinada con defensas inverosímiles frente a las propias transgresiones, el caudillismo y el guerrerismo, tienden un puente de continuidad fácilmente demostrable entre los ocho años de gobierno de Uribe y la actual campaña de Zuluaga.

Hay decenas de miles de personas que, sin pertenecer al uribismo profundo —ese que no escucha, o que responde agresivamente, a las críticas o ataques al caudillo—, piensan votar por Zuluaga. Están cansadas de la política tradicional, o de este gobierno, o no gustan de las Farc, o admiran a Uribe, su enorme capacidad de trabajo y su forma de comunicarse, brutal pero aparentemente sincera. Tal vez quieran ver garantías para la inversión, o realmente teman al fantasmón del “castro-chavismo”, en el que los sacerdotes del Centro Democrático meten a todos los que quieren mandar al séptimo infierno, desde el premio nobel García Márquez hasta el celador que quiere recuperar sus horas extras, pasando por nuestro muy linajudo y nada subversivo presidente. Otros simplemente son gentes de ley y orden, y sospechan que el país ha derrapado. Si Zuluaga pasa a la segunda vuelta, el otro candidato tendrá que descifrar con mucha rapidez cómo hablarle simultáneamente a ese tercio de país ansioso de reformas y cambios de verdad, a esos dos tercios cautelosamente propaz, y a éste 5 o 10% que escucha pero que por el momento se inclina por la propuesta del llamado Centro Democrático.

Independientemente de la estrategia de comunicación que escoja, me parece que un poco de datos mondos y lirondos podrían hacer mucho bien en estas semanas críticas. Por mucho que Uribe nos sermonee con sus tres principios, en realidad lo que nos entregó fue una chambona cacerola de huevos estrellados. El crecimiento económico fue tan mezquino como la visión de mundo del caudillo. No hablemos ya de temas como equidad. En términos de cohesión social, el país también recibió una catástrofe. Los posibles avances en seguridad se pueden continuar sin los sacrificios en términos de democracia, de derechos humanos, o de entrega de grandes jirones del Estado —comenzando por la agencia presidencial de seguridad— a fuerzas ilegales. María del Pilar Hurtado no es precisamente un símbolo de seguridad ni de democracia.

Tengo que confesar, sin embargo, que lo que más me irrita del uribismo es su vocación de minoridad, tan resuelta y abrumadora. Juegan los uribistas a ser niños malos: y lo son. Cuando le preguntan a Óscar Iván por su video y éste contesta que no sabe si quien está allí es realmente él, ese escamoteo risible —que hasta a Pachito Santos le pareció un plato demasiado fuerte— es una maniobra de mala fe, pero a la vez una renuncia al mundo adulto. Como quien se pone un antifaz para que no lo vean. Algo similar se puede decir de la “denuncia” de Uribe.

Este domingo tenemos la oportunidad de optar por un país adulto, sereno y en paz. Hay que acudir a la cita.

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