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Astrología política

Francisco Gutiérrez Sanín

14 de mayo de 2009 - 09:21 p. m.

YA ES CLARO QUE URIBE ESTÁ DISpuesto a saltarse todas las barreras institucionales para poder seguir sentado en el Solio de Bolívar.

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Cierto: todavía faltan muchas pruebas cruciales (lograr pasar la propuesta en el Senado, la conciliación entre éste y la Cámara, alcanzar el umbral exigido para el referendo). Pero la experiencia ha demostrado que no conviene subestimar ni el cinismo ni la habilidad del Primer Mandatario. Es mejor que comencemos a pensar sin remilgos en qué términos está planteada la cuestión.

Un poco en contravía, me parece que el principal dato no es la fortaleza de Uribe sino la debilidad de las alternativas.   Según una encuesta reciente, Uribe tiene un poco menos del 50% de la intención de voto, pero el resto del pastel se lo dividen entre muchos. El Presidente siempre será un formidable competidor, por sus muchas destrezas, porque tiene una base social estable, y porque su poder es cada vez mayor y no le da pena jugar sucio. Mi propio cálculo es que, por más escándalos que se produzcan (y habrá muchos), no cae por debajo del 30-35%. Ese es su “banderazo”. ¿Y los otros? El Partido Liberal tiene candidatos que han sido valiosos parlamentarios y funcionarios, y que en general son respetados y respetables. Pero no tienen mucha oportunidad. En las provincias cautivas de Uribe ni los voltearán a mirar, y en Bogotá y otras ciudades, amplios sectores los identificarán con la “vieja política”. En el Polo está Carlos Gaviria, quien ya logró una extraordinaria hazaña electoral; pero ahora (por razones que no se le pueden achacar en su totalidad a él) su base electoral es mucho más pequeña, seguramente no mayor de 700-800 mil sufragios. A los disidentes del Polo tampoco les sobran votos.  Por ejemplo Petro, que ha tenido una gran exposición en los medios y que sin duda ha sido una figura pública de primera línea, no parece despertar mucho entusiasmo.

 Los dos grandes partidos de la oposición están, pues, en dificultades. No es improbable que uribistas en crisis espiritual entren en la liza, con figuras como Germán Vargas o incluso Noemí Sanín. Sin embargo, parece que el único que ha arrancado de verdad es Fajardo. Con una terquedad envidiable, ha persistido en no entrar en polémicas ni responder agravios —ni en definirse, con la esperanza de captar votos de uribistas del común que creen en el Presidente pero que quieren un mínimo de variedad. Otros gestores de los grandes “milagros urbanos” del pasado inmediato —Mockus, Peñalosa— estarían también en el partidor, pero no se atreven aún a dar señales claras. Sumados todos —más un efecto de sinergia por el entusiasmo indudable que produciría esta operación— se convertirían en una opción real. ¿Qué condiciones se necesitan para que esto se produzca? Primero, que los dos partidos opten por estrategias de coalición. Segundo, que los independientes —incluso los exitosos— renuncien a la posición soberbia de que irán hasta el final pase lo que pase. Tercero, que se diseñe un buen mecanismo imparcial para la escogencia de un candidato único, ojalá antes de la primera vuelta. ¿Será que los astros se alinean? Improbable, sí; pero también posible.

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