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Autopsia de un perdón

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Francisco Gutiérrez Sanín
24 de mayo de 2013 - 11:41 a. m.
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A raíz de la confesión del agonizante concejal de Bogotá Hipólito Moreno sobre su participación en el carrusel de la contratación, Juan Lozano ha pedido perdón en nombre del Partido de la U.

No siento particular inquina contra Moreno, y más bien lamento el trance irreparable por el que está pasando. Pero queda en pie el hecho puro y duro de que, cuando estuvo activo en política —quizás ahora sea una persona muy diferente—, incurrió en actos de corrupción escandalosos.

Así que en principio está bien que Lozano se excuse en nombre de su colectividad. Por desgracia, su acto de contrición no pasa un escrutinio mínimamente cuidadoso. Se lamenta el senador de los actos cometidos por Moreno, pero a renglón seguido se lava las manos, destacando que él, Lozano, es un hombre “decente“, que sólo repetía “lo que me decía” el malogrado concejal. Esto ya no es una excusa, sino una coartada. El senador Lozano no es un menor de edad, a quien uno le pueda creer que fue inocentemente extraviado por alguien muy malo y mucho más astuto que él. De hecho, esto es simplemente una nueva puesta en escena del viejo acto de “ocurrió a mis espaldas“, contra el cual se rebeló supuestamente Lozano y sobre el cual ha construido una parte sustancial de su carrera política.

Es que el perdón pedido por Lozano, que no debe ni puede aceptar la ciudad, y ni siquiera su partido, pone al descubierto la falla geológica sobre la que está construida su figura pública. Por un lado, intenta presentarse como el heraldo de la decencia, de la modernidad, de la limpieza. Es el defensor de todo lo que pueda aparecer políticamente correcto, desde los niños hasta los bienes públicos. Por otro, es miembro entusiasta de una coalición —el uribismo— que representó el grado máximo de criminalización al que jamás ha llegado el país en toda su historia. Y para esa coalición, para esa barahúnda ruidosa y turbulenta que dio masivamente con sus huesos en la cárcel, el decentísimo senador Lozano no tuvo una palabra de reproche, una expresión de preocupación, un gesto que se pudiera interpretar como una sugerencia de cambio de rumbo. Mientras que otras muchas personas que intentaban ocupar un lugar análogo al de Lozano en la vida pública encontraron, por ese su perfil, que había un límite inferior a partir del cual ya no se sentían capaces de descender más, este último siguió impertérrito el camino hacia las simas, sin emitir una palabra de reproche, o siquiera de malestar. Será porque “simplemente repitió” lo que todo el mundo le decía. Durante la yidispolítica, la parapolítica, y todos los demás etcéteras que el lector quiera agregar, el hombre decentísimo calló con indiferencia absorta de faquir. Y sigue en esas.

¡Ah! Afirma Lozano en su descargo que “no se puede olvidar” que la U es uno de los partidos que más han negado avales electorales. Al parecer, no entiende bien lo que está diciendo. Pues aquello podría deberse a muchos motivos. Por ejemplo, podría ser que en las últimas elecciones hubo fenómenos criminales seriamente sobrerrepresentados en la U (como en efecto demostré que sucedía con la parapolítica). O quizás simplemente la U es más grande que todas las demás agrupaciones y tiene menos control sobre sus miembros. Por ejemplo, nadie se imaginaría que el MIRA negara avales, pero es porque se trata de una fuerza muy disciplinada. Todas estas cuentas hay que echarlas. Al parecer, a Lozano también la estadística elemental le ocurrió a sus espaldas.

No, no… Esta despistada pero cínica solicitud de perdón por parte de Lozano es inaceptable. La ciudad, y los políticos activos en Bogotá, deberían hacérselo saber con claridad.

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