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LA PRIMERA VUELTA PRESIDENCIAL dejó tres claros ganadores.
Santos obtuvo un resultado extraordinario, que estuvo a punto de llevarnos a la tercera victoria consecutiva del candidato de la derecha en primera vuelta. Petro le creó nuevos nichos electorales al Polo, lo mantuvo como fuerza de oposición relevante e introdujo temas centrales al debate público. Notable. Vargas Lleras —que tuvo que nadar contra la corriente durante casi toda la campaña— quedó como una potencia electoral, que todavía está en busca de un perfil propio después de salir de la coalición de gobierno y de haber tomado distancia del discurso continuista. Esta situación, ambigua y expuesta, fue suplida por un trabajo programático serio y cuidadoso.
También hubo tres perdedores claros. Lo de Pardo fue una debacle; el peor resultado histórico de su partido, seguido de una apresurada y penosa desbandada de los parlamentarios rojos hacia el santismo. Lo lamento por él. Noemí sufrió suerte análoga: después de la paliza que recibió en las urnas, el conservatismo la enterró a la carrera, sin preguntarse siquiera si todavía estaba respirando. No había tiempo para delicadezas, gestos compungidos o grandes ceremonias. ¡Había que correr al bus ganador mientras todavía quedaran puestos libres! El tercer perdedor fueron las firmas encuestadoras. Lo suyo fue un fracaso abyecto, que despistó a todo el mundo. El monumental descache en el que incurrieron, además, hace que todas sus cifras sean inutilizables para cualquier propósito serio.
El desempeño de los verdes deja un sabor agridulce. Seguramente esperaban un resultado mucho mejor. Este, sin embargo, no es desdeñable. Pasaron a segunda vuelta. Se perfilaron como segunda fuerza del país. Produjeron un discurso alternativo. Generaron un entusiasmo apasionado entre un sector relevante de la población. Pero es verdad que esto no es suficiente. Su campaña estuvo plagada de errores e ineficiencias. La triste derrota que recibieron en Bogotá —la ciudad en la que ellos han protagonizado una extraordinaria renovación urbana— muestra que algo, mucho, anduvo muy mal. Si Mockus hubiera ganado en Bogotá y otras pocas circunscripciones electorales, y perdido en el resto del país, eso hubiera sido comprensible, y habría correspondido tanto a una experiencia concreta de gobierno como a una tradición histórica (la capital colombiana tiende a premiar a los críticos y a los innovadores). Pero en Bogotá Mockus tuvo un porcentaje apenas marginalmente superior al nacional, lo que demuestra que estuvo muy lejos de capitalizar el patrimonio que él y su equipo tienen derecho de reclamar.
No hay que llamarse a engaños. La suerte del candidato no-continuista está casi sellada. Pero casi es palabra de gran entidad, clave en muchas disciplinas; en política, ciertamente, está entre las cinco más importantes. Aún hay chico. ¿Cuáles son, pues, las tareas inmediatas de los verdes? Muchas, pero podrían comenzar con las siguientes dos. Primero, lanzar una ofensiva en Bogotá. Segundo, cortejar simultáneamente el voto de la izquierda y el de los uribistas anticorrupción. Esto es un poco como la cuadratura del círculo, pero se pueden intentar buenas aproximaciones al objetivo (de algo ha de servir tener a dos matemáticos en la fórmula presidencial…).
