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HA COMENZADO EN FIRME LA CAMpaña por la Alcaldía de Bogotá y lo único que está claro es que no hay nada claro.
En principio, Peñalosa parecería destinado para ganar. Fue un muy buen alcalde, está apoyado por un partido con muchos votos que tiene su fuerte en la capital, ésta clama por un administrador… Pero, ¡ay!, ese magnífico administrador que es en efecto Peñalosa es un desastre político. Lo propondría para el premio de peor candidato en la historia reciente del país, pero no ganaría ni siquiera esa competencia. Obtendría un honroso segundo lugar. Peñalosa tiene la piel y el alma de una prima donna, salta de una opinión (y de una adscripción) a otra como un saltimbanqui, con cada paso que da conquista más odios y desconfianzas. Una cosa es clara: cuando Peñalosa decide que ahora sí va a ser realmente astuto y calculador, camina con seguridad hacia el desastre.
Ahora, con el apoyo del uribismo, se encuentra en la encrucijada. Es verdad que aquel sigue teniendo un enorme potencial electoral y que la descalificación del expresidente como un simple loquito es cosa de intelectuales confiados. Más del 70 por ciento de los colombianos todavía tienen opinión favorable sobre ese loquito. Pero frente a este hecho patente se encuentran otros dos. Primero, el verde es ante todo un partido anticorrupción. Y, como sugirió la representante Ángela Robledo —con razón pero de manera inexacta—, el uribismo representa todo lo que en teoría repugna a la propuesta verde. Digo inexacta, porque Robledo afirmó que el uribismo encarnaba “la política tradicional”. Y no. Es algo más, es la política tradicional con un giro de la tuerca. El lector puede hacer fácilmente las cuentas. ¿Ha habido en la historia de este país un gobierno más corrupto, más vinculado con las fuerzas ilegales que el de Uribe? No creo que haya nada comparable. Casi todos los directores del DAS sub júdice, los dos ministros de Agricultura y dos del Interior —el tercero no, pues las conexiones indias de los hermanos no cuentan— en la misma situación, una proporción muy significativa de la bancada parlamentaria en la cárcel por enredos con los paramilitares, los terribles “falsos positivos”, entidades enteras destilando “pus”, y aquí sólo comencé las cuentas. No, estimada doctora Robledo, los tradicionales tenían problemas más que suficientes con la corrupción, pero esto de lo que estamos hablando es un fenómeno que le suma factores explosivos a aquella pesada herencia.
El segundo factor es que la dinámica interna de los verdes choca con los coqueteos de Peñalosa con el uribismo. Primero, recuerden que Peñalosa es un hombre de vetos, y que logró imponer uno hace poco. Con ese precedente, no puede decir ahora alegremente que está dispuesto a recibir todos los apoyos. Y, como recordó Sergio Fajardo, los verdes habían decidido hablar de alianzas sólo en abril. Pero Peñalosa —por veleidad, por vanidad, porque le gusta esa gente— no se aguantó comenzar a jugar con Uribe y los suyos.
Mientras tanto, aparecen varios personajes interesantes, y otros calientan motores. A David Luna quizás le falta un hervor, pero tiene ya una trayectoria interesante y ha sido capaz de hacerse oír. De Roux, un concejal de primera y figura reflexiva, conoce mucho a Bogotá. Pero el amarillo está totalmente desdibujado, no quedará siquiera en el podio. ¿Qué será de Gina Parody? Creo que sería una estupenda candidata, aunque como gobernante sea una incógnita. Vienen otros… En todo caso, como el Polo se encuentra en coma profundo, y Peñalosa es Peñalosa, la plaza está abierta.
