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Los eventos de las últimas dos semanas han mostrado cuán difícil está resultando la reconfiguración de nuestro sistema de partidos.
Hasta 2002, con altos y bajos, con idas y venidas, las dos fuerzas dominantes fueron los partidos Liberal y Conservador. Ese año, nuestro bipartidismo saltó en pedazos (aunque rojos y azules siguieron siendo actores a tener en cuenta; lo que se acabó fue su predominio). Nos encontramos de pronto con un panorama nuevo. Por primera vez en la historia de Colombia, apareció una izquierda electoral significativa. Al calor de importantes experiencias urbanas, se construyeron las redes que desembocarían en el Partido Verde. Por otra parte, la coalición del entonces uribismo se dividió en tres grandes corrientes, el Partido de la Unidad Nacional, Cambio Radical, y fuerzas de carácter regional. Algunos esperaban que la reforma de 2003, que daba incentivos claros para aquellos que fueran capaces de coaligarse, diera alguna estabilidad al nuevo sistema.
No ha sido así. Lo que podríamos llamar la “oposición no convencional” —Polo y verdes— se ha ido partiendo al ritmo de sus propias tensiones internas. Después de expulsar a todos los moderados, la dirección del Polo dirige ahora su furia purificadora contra los comunistas, así que en este frente habrá un nuevo y traumático choque. Los verdes ya no pintan para nada —los otros días recibí una flamante invitación para oír las “palabras de Lucho Garzón”, lo que ya es un indicador de crisis extrema—, y en cambio se reúnen varias figuras, muchas de ellas valiosas, todas ellas obviamente insatisfechas con lo que existe, para lanzar una nueva intentona, bajo el vagamente irritante marbete de “Pido la palabra”. En el listado uno ve un montón de (ex)verdes, o de amigos de verdes.
Pero en el campo del antiguo oficialismo las cosas tampoco pintan bien. Como sabe todo el país, Uribe se lanzó a hacerle oposición a Santos, y ha logrado avanzar en sus propósitos con la eficacia acostumbrada. Eso rompió al Partido de la U. Todos sus miembros hacen malabarismos para no quedar mal ni con el uno ni con el otro (sin duda, temen más a Uribe. “¿Y qué tal que termine ganando la partida?”). Cambio Radical quedó arrinconado como fuerza minoritaria —aunque era el mejor organizado entre los uribistas—, y además, como lo demostró la votación para el puesto vacante de la Corte Constitucional, también está dividido. Los grupos más pequeños dieron con sus huesos en la cárcel, y ahora operan desde sus respectivos patios, aunque, como lo demostraron las anteriores elecciones, eso no quiere decir necesariamente que se vuelvan irrelevantes.
Todo ello ha dado algún vuelo a los tradicionales. Pero estos también acumulan muchas fracturas. Hay varios excolaboradores de Pastrana en el Gobierno. Pero la distancia entre el conservatismo de los altos funcionarios y el de los congresistas es notoria. Este último no sólo ha dado margen de maniobra a actores en el mejor de los casos sospechosos (como lo reconociera antes de tomar posesión de su cargo el presidente de la colectividad), sino que ha arropado banderas crecientemente retrógradas, por convicción o por considerar que eso le dará réditos electorales, o por ambos. Nada de lo cual es suficiente para Uribe, que creó su propia tendencia (a la que con seguridad desechará en cuanto lo necesite), el Puro Centro Democrático. Los liberales, por su parte, parecen a la deriva, y el papelón que jugaron en la catastrófica “reforma a la justicia” los golpeó más duro que a otros: pues quedó claro que los fantasmas que los enemistaron con el voto urbano siguen dando vueltas por ahí.
Adonde el lector dirija la mirada se encontrará con dispersión. El desarrollo de un sistema político más ajustado a la Colombia del siglo XXI, pero relativamente estable, tomará su tiempo (si es que se produce).
