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18 Mar 2022 - 5:30 a. m.

Cambios

Las pasadas elecciones arrojaron cambios notables en el sistema político. Los sintetizaría en siete grandes puntos.

Primero, es claro que el Pacto Histórico obtuvo avances muy grandes. Se convirtió en una de las primeras fuerzas del Senado; obtuvo un buen resultado en Cámara. Sobre todo, ganó de manera bastante amplia la consulta. Está muy lejos aún de poder imponerse en primera vuelta. Pero, si las cosas siguen como van, enfrentará en segunda a quien de lejos es el candidato más cómodo para Petro: Fico (incluso Char, dentro del Equipo por Colombia, hubiera sido más difícil).

Segundo, el uribismo sufrió una catástrofe. Claro, la sensibilidad uribista no ha desaparecido. Pero, como ya se sabe, perdió cerca de 20 curules. Se hace menos énfasis en el otro resultado, aún más fundamental: se quedó sin candidato para la Presidencia. Ahora tendrá que negociar con otras fuerzas que no le generan entusiasmo —y con razón—. Las alcaldías de Char y Peñalosa deben ser, claro, sometidas a debate, pero cada uno de ellos podía defenderlas con hechos y realizaciones; Fico en cambio tiene poco positivo para presentar y mucho negativo por explicar. Además, la adhesión uribista-continuista podría significarle el beso de la muerte. ¿Defender a Duque? Costoso electoralmente. Para no hablar del miedo cerval del uribismo a gobernar por interpuesta persona. He venido insistiendo en que estas desconfianzas no se tramitan en un laboratorio sulfuroso, en donde todo está decidido de antemano. No es que Fico fuera “el” candidato de un, por lo demás, dividido uribismo: es que no le va quedando mucho más.

Un golpe igualmente brutal sufrió la Coalición de la Esperanza. Como a muchos, me impresionó el espectáculo de su disolución en tiempo real. Con la honrosa excepción de Amaya, a todos les fue bastante mal. Me causa aún más impresión —vi las explicaciones de varios de ellos en los días siguientes— la absoluta incapacidad de sus liderazgos de aprender de la experiencia. Son personas sin duda inteligentes y valiosas, pero están encapsuladas en un discurso autorreferido, repetitivo, profundamente antipolítico, que tiene pocos puntos de contacto con grandes sectores de la población.

Cuarto, el Equipo por Colombia obtuvo un resultado agridulce. Con relación a la consulta de la derecha en 2018, perdió millones de votos, como resaltó muy bien Daniel Coronell. A la vez, solucionó de manera razonable sus potenciales problemas internos, a pesar de los escándalos brutales que lo afectaron.

Quinto, los partidos Liberal y Conservador mantuvieron una base electoral muy significativa. No da para asombrarse: esa gente no nació ayer. Las dos fuerzas tradicionales tienen pues una característica curiosa: se mantienen como potencias parlamentarias, pero no son alternativa presidencial (de hecho, creo que en Colombia ya no es muy posible hacerse elegir como presidente a nombre de una de ellas). Como fuere, los liberales quedaron un poco como el fiel de la balanza en muchos y fundamentales juegos políticos. ¿Cómo actuarán? Su listado de “líneas rojas” para negociar tiene puntos buenos y otros extravagantes. ¿Cómo pide un partido cuyo mejor patrimonio está asociado a líderes e intelectuales promercado y a la vez expropiadores entusiastas (López Pumarejo, Alejandro López, Gaitán, Lleras Restrepo, para no nombrar sino a algunos) poner como condición para comenzar a conversar la no expropiación? ¿Y si ese es el requisito y Vargas Lleras es su aliado, cómo se las arreglará este último para construir sus carreteras?

Hay otros dos fenómenos que también implican un cambio real más allá de los partidos: uno muy positivo, otro muy negativo. El primero es el aumento tangible de la participación femenina en todos los frentes, simbolizado por la figura poderosa de Francia Márquez (¡le ganó a Fajardo!). Clave para el país. El otro es el pésimo desempeño de la Registraduría: la caída de la página durante el día de las elecciones y las denuncias creíbles de distorsión de resultados deberían prender todas las alarmas.

Todo sigue muy abierto.

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