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QUÉ BIEN ACTUÓ EL GOBIERNO AL suspender el uso del glifosato contra amplios sectores campesinos de nuestro país.
Se impuso, después de muchos años de locura, el principio elemental de civilización de que no se puede rociar a los propios ciudadanos con un químico cancerígeno —incluso si “apenas” es potencialmente cancerígeno—. Algunos esperaban que los Estados Unidos pusieran reparos a la medida; pero no lo hicieron.
En Colombia, en cambio, la cosa fue más movida. El procurador puso el grito en el cielo, y utilizó sus poderes para tratar de intimidar al ministro de Salud, que está encabezando la valiente iniciativa. Más grave aún, el ministro de Defensa manifestó abiertamente su desacuerdo con el presidente, afirmando que el glifosato era el instrumento para disminuir el área con cultivos ilícitos, pero que (con un suspiro) obedecería, pues órdenes son órdenes. El uribismo, por supuesto, denunció la medida a tambor batiente, por varias razones (ideológicas, pero también estratégicas).
Y aquí viene mi reparo a la reacción gubernamental. Pues siempre se deja poner a la defensiva. Santos se limitó a decir, un poco amoscado, que la medida definitivamente no era una concesión a las Farc. No se atrevió a afirmar, como le tocaba, que continuar fumigando a colombianos con un líquido dañoso es una indecencia. Frente a la posición de mindefensa, simplemente no dijo nada. Esta distraída mansedumbre simplemente es una transgresión a principios elementales que se cultivan en cualquier democracia, por muy buenas razones que se han acumulado a través de los siglos: el jefe directo de los hombres que arma la República no obedece a su comandante con mohines, reservas y doctas explicaciones. No. Obedece y punto. Pero en lugar de ponerlo en su sitio, el presidente miró para otro lado. Lo de Ordóñez, por otra parte, ya se salió de madre. Y a medida que no va encontrando resistencia, va aumentando su atrevimiento. Y por consiguiente su poder. Exige, grita e intimida. Ahora también quiere crear un escándalo con la reunión que hubo en Cuba de los jefes de las dos guerrillas.
Este activismo político desaforado no tiene, claro, relación alguna con los problemas reales de la población colombiana. Para poner uno de los muchos ejemplos obvios, pregúntese el lector lo siguiente: cuántos eventos de adopción de niños por parte de parejas del mismo sexo hay en curso, y cuántos eventos hay de maltrato peligroso (potencialmente homicida) a mujeres por parte de sus cónyuges. Sin embargo, que yo recuerde, la Procuraduría simplemente no se da por enterada de la existencia del segundo problema, y en cambio gasta dinero, energía y babas a montones en el primero.
La posición de Santos tiene un componente tolerante y liberal: quiere oír todas las opiniones, y tener a todo el mundo contribuyendo. Esto es positivo. Pero las cosas deben tener un límite. Ordóñez se ha convertido es un enemigo a ultranza de la modernización del país y de la paz, y está convencido de que no hay quien lo detenga. Si su insolencia no tiene consecuencias políticas, sólo acumulará más poder. Estoy completamente convencido de que con este tipo en esa posición tan crucial difícilmente habrá paz.
El centrismo debe ser tolerante: eso hace parte de su propia esencia. Y por esa vía puede contribuir a la civilización política de un país desesperadamente necesitado de ella. Pero no tiene por qué ser vegetariano. Lincoln —al principio de su mandato decían que Santos se había leído con gran atención un libro fantástico sobre aquel, Team of Rivals— ciertamente no lo era. La moderación y la ambigüedad no son sinónimos.
Adicional. Como todos los miembros de la comunidad universitaria, manifiesto mi repudio enérgico a las amenazas que recibieron varios profesores y estudiantes de la Universidad Nacional por parte de las Águilas Negras. Necesitamos clarificación muy rápida del episodio.
