Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta política.

Cerca...

Francisco Gutiérrez Sanín

17 de diciembre de 2015 - 07:26 p. m.

Quería dedicar mi última columna del año a una defensa (improbable, lo sé) del “usted no sabe quién soy yo”. Para divertirme un poco, pero también para desestabilizar un par de prejuicios políticamente correctos. Pero no podré hacerlo.

PUBLICIDAD

Se me atravesó en el camino una noticia de gran calado: el Acuerdo sobre las Víctimas del Conflicto firmado en La Habana entre el Gobierno y las Farc.

Tienen razón las dos partes cuando aseguran que el acuerdo tiene pocos precedentes en el mundo, y que nos pone en la antesala de la paz. No por casualidad el patético Ordóñez lo califica de “comedia y parodia” (expresiones que lo describirían bastante bien a sí mismo y a su gestión): a medida que nos acercamos al final del proceso aumenta la histeria de los heraldos de la muerte. Pero ya que entramos a la pausa navideña, me voy a permitir dar a los actores políticos que trabajan en pro de la paz dos consejos (no pedidos, que son los más antipáticos). En mi descargo sólo puedo alegar que el próximo año nos enfrentaremos al reto de la refrendación, que decide la suerte de este país por años y que implica pensar en términos muy terrenales cómo ganar —y hacerlo bien—.

El primero es abandonar la posición puramente defensiva. Lo que se le ha contado al país sobre el acuerdo es lo que no tiene: ni impunidad ni concesiones excesivas a la contraparte. Al adoptar esta línea de comunicación, se incurre en dos problemas fatales. Uno, se aceptan supuestos falsos que minan la paz. Por ejemplo, que ella es un proceso de suma cero, es decir, que lo que gana el país lo pierde la guerrilla y viceversa. Toda la capacidad constructiva de la paz queda por fuera del discurso. Dos, simplemente se producen enunciados que no son creíbles. Por ejemplo, que no habrá impunidad. Claro que la habrá: para todos los lados. Pero no automática: la operación básica del acuerdo, preciosa para una sociedad como la colombiana, es poca pena a cambio de mucha verdad. Y en todo caso la impunidad de la paz es mucho menor de la que tenemos ahora, o de la que tuvimos durante los gobiernos de la oposición de derecha. Y se construirán las condiciones, a través de la verdad, para que los poderes que generaron los hechos de horror de nuestra guerra se puedan debilitar. Prefiero cien veces la primera defensa que hace De la Calle del proceso —es mejor que estén echando lengua y no bala— que aquella que se basa en afirmaciones poco verosímiles.

Read more!

El segundo es ampliar y sincerar la pedagogía de la paz. Todo este proceso es válido solamente en la medida en que la guerra colombiana no haya sido producto de la casualidad, y en que tenga muchos actores involucrados. El sentido profundo del acuerdo, su mensaje de largo alcance a la sociedad colombiana, es precisamente este: el horror no cayó del cielo, convive con nosotros. El acuerdo crea un mecanismo institucional de cierre que permite, y a la vez exige, que todos los actores involucrados en el conflicto se sinceren. Cierto: no debe haber cacería de brujas. Pero tampoco actores por encima de la verdad ni del esfuerzo de creación de un punto cero, a partir del cual se cierren las puertas a la impunidad y a la política con armas y muertos. Es a este sinceramiento al que algunos le tienen pavor. Y mientras los amigos de la paz no enfaticen este punto con claridad, y se refieran a él sólo en lenguaje cifrado, el proceso estará en situación de grave vulnerabilidad política.

Read more!

 

A partir del sábado estaré pasando en mi cuenta del twitter (@fgutierrezsanin) mi top 20 de canciones de rock pacifistas. ¡Felices pascuas!

Conoce más
Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.