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Francisco Gutiérrez Sanín
20 de mayo de 2022 - 05:30 a. m.
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A estas alturas, todas las evidencias sugieren que el ganador de la primera vuelta será Gustavo Petro. De hecho, se puede apostar a que ganará por un margen amplio.

Esto, por supuesto, no quiere decir que no queden interrogantes abiertos con respecto de esta competencia durísima, a menudo brutal, y apasionante. A propósito, no entiendo muy bien toda la melancolía desparramada a propósito de esta campaña: al fin y al cabo, sin excepción, los involucrados coinciden en que están en juego grandes apuestas y decisiones históricas. Y tienen razón. Claro, esas apuestas y decisiones se dirimirán de manera política, pero si a uno la política le parece repugnante, ¿para qué hablar de ella?

Paso entonces a las preguntas. ¿Ganará Petro en primera? Lo veo poco probable, pero esta increíble exhibición crepuscular del oficialismo, que combina brutalidad, pequeñez, arrogancia, desprecio por la ley y simple tontería (la decisión estadounidense de comprarle petróleo a Maduro es “un triunfo del cerco diplomático”), podría estarlo ayudando. Como fuere: incluso si no obtiene un triunfo decisivo, el margen de ventaja que obtenga será fundamental para lo que viene, así que los votantes del Pacto Histórico mantienen todos los incentivos para acudir a las urnas en masa. Esto, claro, aplica también a los de Fico.

Rodolfo Hernández ha estado subiendo consistentemente en las encuestas. Tanto, que se le abrió una pequeña ventana para pasar a segunda; pero no espero que la logre. Eso sí, queda en una posición extremadamente favorable como “elector del príncipe” (o “bizcocho más apetecido”, como dice en su estilo inimitable). La verdad es que los que hicieron consultas y a la vez solucionaron adecuadamente sus problemas de acción colectiva —como Petro y Gutiérrez— arrancaron ya con una ventaja muy grande. Gutiérrez creció a buen paso en las encuestas durante un par de semanas, pero se ha estancado. Hay muchos factores que explican eso; uno de ellos es que simplemente es mal candidato. Para comprobarlo, basta con que lo comparen con el Duque de 2018, que en su campaña fue una figura tranquilizadora para muchos, verbalmente fluida, capaz de construir una apelación creíble para algunos de los auditorios claves que lo ayudaron a elegir. Fico no tiene nada de eso, está lleno de limitaciones (y, sí, creo que sería aún peor presidente que Duque).

De ahí para abajo, creo que la suerte está sellada. Pero algunas de las fuerzas que se rezagaron aún mantienen razones para tratar de maximizar su votación. Naturalmente, todo esto son conjeturas con base en la evidencia disponible. Como siempre insisto, la realidad social tiene la desagradable costumbre de sacarle la lengua periódicamente a los analistas sociales. Además, no se pueden descartar imprevistos. Y esto me lleva a la que por desgracia es la principal pregunta abierta de esta etapa que ya termina: ¿respetará el Gobierno las reglas de juego democráticas?

A medida que transcurre el tiempo, queda claro que tanto el oficialismo como los organismos de control que colonizó y puso a su servicio son, en el mejor de los casos, agnósticos frente a la alternación en el poder. Este es, de hecho, un elemento central de la doctrina uribista. Ya hemos visto numerosas intentonas de distorsión por parte del oficialismo: desestabilización de la Registraduría, atacando al personaje que él mismo eligió a como diera lugar; ataques a alcaldes que no son del gusto del Gobierno y discurso amenazante por parte de la procuradora; intervención masiva, y también amenazante, del presidente y del comandante del Ejército en la campaña; mermelada a raudales, gracias a la manipulación de la Ley de Garantías; coerción de empresarios uribistas a sus empleados…

Las consecuencias para el país de que a alguien se le ocurra obstaculizar o desfigurar el proceso electoral serían absolutamente catastróficas. Y muy duraderas. Todos los actores que tengan injerencia real en el proceso de toma de decisiones en Colombia harían bien en recordarlo.

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