Se cumplen cinco años de la firma del Acuerdo Final entre el Estado colombiano y las Farc. ¿Cómo valorar el evento al cabo de este lustro?
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Una respuesta matizada no cabe, claro, en una corta columna periodística. Pero pienso que cualquier contestación basada en la evidencia —y no en la animadversión o en el deseo— debe tener en cuenta tres ideas básicas. Primero, se trató de un avance histórico, que ya nos dejó un legado muy positivo. Miles de personas que sabían hacer la guerra abandonaron las armas. El deseo por alcanzar la paz —un espíritu cálido y generoso de mejorar— se volvió un punto de referencia para millones. El Acuerdo generó importantes políticas públicas y esfuerzos de inclusión social. Para promoverlos, el Estado creó o fortaleció distintas agencias, compuestas en general por un funcionariado de buena calidad, comprometido con sus metas, tareas e interlocutores.
Segundo, ese programa trascendental de transformación lo han estado volviendo trizas, desde el principio. Y no sólo el partido que prometió hacerlo. Los enemigos de la paz tuvieron éxito porque tenían grandes recursos y capacidades, y también porque los amigos de ella incurrimos en errores graves. No sólo el plebiscito; de manera más general, también el autoengaño, para no nombrar sino dos puntos importantes de la lista. Evidentemente, las destrezas que se necesitaban para construir el Acuerdo no eran las mismas requeridas para implementarlo y mantenerlo con vida.
Como fuere, la implementación de la paz ha sufrido ya un grave deterioro y hay muchas fuerzas que quisieran seguir destruyéndola. ¿Exagero? Díganme en qué. Siguen matando líderes y excombatientes. Aspectos que se consideraban cruciales para arribar a la proverbial “paz estable y duradera” sufrieron un estancamiento casi total (acceso de los campesinos a la tierra, participación política), cuando no un retroceso severo (tratamiento de cultivos ilícitos, respuesta a las demandas ciudadanas). Algunas dimensiones importantes se han mantenido, pese a severas distorsiones iniciales y en buena parte gracias a garantías internacionales.
Tercero, estas cosas tienen consecuencias. He oído a personas cuya opinión aprecio diciendo que “no ven” que haya gente dispuesta a meterle el hombro a un nuevo proyecto armado. Entiendo el punto. Pero me parece poco convincente. La probabilidad de que algún analista pueda “ver” con el ojo desnudo rabias, incentivos e insatisfacciones que llevan a alguien a coger las armas es muy bajita; los muros de exclusión que marcan toda nuestra experiencia social —y que rara vez notamos, precisamente por su naturaleza ubicua— disminuyen radicalmente nuestra visibilidad.
En disciplinas diferentes a las sociales, hay instrumentos especializados para situaciones como estas (lentes, rayos, sensores). “Afortunadamente”, en el tema que nos ocupa también tenemos un sensor simple y poderoso, que nos revela buena parte de lo que necesitamos saber: el reclutamiento. Los nuevos grupos que han ido proliferando necesitan reclutar. De otra manera, se acaban (o se vuelven absolutamente irrelevantes). Aunque ignoramos mucho sobre sus procesos específicos de reclutamiento, a nivel agregado tenemos los indicios que necesitamos para saber que no sufren una crisis vocacional. Cientos de personas están incorporándose a ellos. Es decir, les está yendo entre bien y muy bien en este aspecto fundamental. Aunque no lo veamos. Sugiere por ejemplo El Tiempo (6/10/2021) que el 85 % de los integrantes de las disidencias de las Farc serían nuevos reclutas, una impresión que se refuerza leyendo el valioso informe de la Fundación CORE sobre el fenómeno.
Toda la literatura internacional que conozco sobre la paz lo corrobora, de manera más bien abrumadora: ella no es irreversible, sino frágil. Pavorosamente frágil. Sobre todo, en países que vienen de guerras larguísimas. Duque lo proclamó con su mala fe extraordinaria, pero por una vez en la vida acertaba (claro: sin darse cuenta, queriendo en realidad hacer daño). La conclusión que debemos sacar, empero, es radicalmente distinta a la de él: como es frágil, hay que cuidarla y defenderla.