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Para aproximarse a la forma en que responderá el electorado en el plebiscito, hay que entender las fracturas que dividen a nuestro electorado.
Aquí va una manera de pensarlas, basada en la lectura de varios sondeos de opinión, pero por supuesto (dadas las limitaciones de tiempo, espacio y energía) sin ninguna pretensión de rigor académico.
Primero está la división izquierda-centro-derecha. Cuántas personas, para pasar por insondablemente inteligentes, la han declarado caduca. Pero sigue ahí. Similar a ella, pero no idéntica, es la división entre uribistas y antiuribistas (los primeros galvanizando el odio a las Farc). Estas dos fracturas están de hecho bien representadas en nuestro sistema partidista. La tercera dimensión separa a la “política” de millones de ciudadanos que la consideran corrupta y autoreferida. Esto genera muchos incentivos para aquellos que quieran y/o puedan presentarse frente a la opinión como adversarios de ella. En cuarto lugar, hay toda una serie de dinámicas regionales, que definen la ubicación mutua de los partidos pero también de las facciones dentro de ellos. Estas lógicas no son visibles a nivel nacional, pero pesan muchísimo. Por último, está el problema sustantivo sobre el que se votará, el de apoyar o no la paz. No se trata, a propósito, de escoger una paz imperfecta u otra mejor pero inalcanzable, como se ha repetido hasta la saciedad y de manera tan errónea; se trata de votar a favor de un acuerdo muy bueno contra otro que nadie sabe si es posible pero que igual sería problemático en muchos sentidos. No le den pábulo a la fantasía uribista de que su fórmula, de ser realizable, permitiría alcanzar una solución ideal. Volveré al tema pronto.
Como fuere, si el panorama que estoy trazando se aproxima a la realidad, entonces la mejor estrategia de los dos bandos frente al plebiscito está perfectamente clara. Y uno de ellos ya la ha comenzado a implementar de manera aproximada. Los uribistas tienen que pintar al plebiscito como cosa de antiuribistas, guerrilleros y politiqueros. Creen, y probablemente tengan razón, que en estas tres dimensiones tienen las mayorías o pueden (re)conquistarlas: la izquierda sigue siendo una minoría electoral, aunque significativa, mucha gente detesta a la guerrilla y a los políticos profesionales, y otra igualmente numerosa (y no necesariamente la misma) quiere a Uribe. Esperan poder mostrar a los partidarios del sí enredados en la búsqueda de pequeños poderes y “enmermelados” (sí, sí, masacran al español, pero eso ya no es culpa mía). Los partidarios de la paz, en cambio, tienen que ubicar el debate en la única dimensión en la que tienen una clara mayoría, en la que pueden atraer a muchos indecisos y de hecho a muchos uribistas: la paz. Además deberían ser capaces de exhibir la rampante corrupción, que a veces deriva en criminalización abierta, que recorre de cabo a rabo al Centro Democrático, para neutralizar el intento de pintar al plebiscito como una lucha entre la virtud uribista y la corrupción castrochavista.
Para eso se necesitan buenas narrativas repetidas claramente y muchas veces, apoyo amplio que incluya a políticos profesionales pero que vaya mucho más allá de ellos, y capacidad mínima de acción colectiva. De los tres factores que uno podría llamar decisivos, solamente hemos visto algo del segundo. Donde está más floja la cosa es en el primero. Si el cuento es que simplemente vamos a desarmar a siete mil malencarados, nadie va a salir a las urnas. Todo lo acordado en La Habana se va por el caño. ¿Dónde está la historia grande, en lenguaje que le llegue a la gente del común? ¿Dónde el mensaje claro y simple que se pueda repetir y repetir? ¿Dónde el esfuerzo de convicción hacia sectores específicos que puedan ser cruciales? De eso poco o nada. Aún hay tiempo para ajustar.
