Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Hace varios años, cuando una cantante de música pop se presentó en Roma, el especialista musical del diario La Repubblica comentó algo como esto: “No sabe bailar, tiene la voz chillona y las piernas musculosas, y la coreografía es irreparablemente kitsch. El show es extraordinario. No deje de asistir”.
Algo análogo se puede decir sobre los sucesos del Catatumbo. No se necesita ser un lince para saber que esta era la historia de una explosión anunciada. Cuando finalmente tuvo lugar, las autoridades recurrieron al viejo libreto de la criminalización de la protesta. Y terminaron dirigiendo el dedo acusador hacia Robledo, quien naturalmente se gozó el tiempo triple A que le daba en bandeja el Gobierno. A estas alturas, la movilización estaba derrapando, y en lugar de aprovechar toda la simpatía que el país siente por un campesinado al que le han caído los más brutales ataques de todos los lados, comenzaba a dar una imagen más bien torva y hostil hacia el resto de la población. La mayoría de los medios se portó terriblemente en la coyuntura, sugiriendo conexiones siniestras por doquier, pero sin informar bien y con claridad acerca de los motivos que originaron el problema. Uribe puso su cuota repugnante de maledicencia, al declarar en el tono histérico de rigor que las zonas de reserva campesina, una de las reclamaciones del movimiento del Catatumbo, “son Far”. Un frente de éstas, las Farc, hizo a la vez la declaración más perjudicial posible para los campesinos, lo que podría haber abierto una dinámica muy, muy peligrosa.
Pero las cargas parecen estar arreglándose, y ahora hay una ventana de oportunidad abierta para que el show, pese a todas sus estridencias y desencuentros, termine siendo, no sé si extraordinario, pero al menos plausible. Esto se ha logrado gracias a la participación de mucha gente con capacidad y voluntad, incluidas las partes y la comunidad internacional. Pero incluso (o más bien sobre todo) si el episodio termina bien habrá que aprender de él. Sugiero tres conclusiones, muy simples, pero creo que importantes.
Primero: es mejor tener un interlocutor incómodo que no tenerlo. Después de décadas de guerra, y de asesinatos brutales de líderes sociales (por parte de paramilitares, guerrilleros y Estado), hay una debilidad tremenda de liderazgos y organización. Muchos de los líderes que surjan seguramente no van a ser muy entusiastas del gobierno de turno, independientemente de su orientación. ¿Mi tesis? Al Estado le interesa desesperadamente tener una interfaz institucional precisamente con estas voces.
Segundo: hay que construir un libreto nuevo para interactuar con los campesinos. El viejo libreto, de identificación automática con la subversión de la gente que no se alinea es, si se me permite, típico del mal gobierno. Cuando se puede recurrir a la estigmatización, o a la fuerza excesiva, simplemente no se desarrollan las destrezas para negociar y para discutir bien. No son necesarias. Si vamos a hacer el tránsito hacia un país en paz, con potencial de desarrollo, esas destrezas son indispensables.
Tercero: no hay que dejar que debates simples, que tendrían que ser rutinarios, adquieran ribetes militares. Por ejemplo, las reservas campesinas pueden ser buenas o malas (mi opinión es que tienen de las dos ), pero no se pueden reducir a un problema de seguridad. Son una figura legal, de hecho pensada en el contexto de una consultoría del Banco Mundial, si no me equivoco. No pueden, por supuesto, reclamar alguna suerte de extraterritorialidad, pero entiendo que eso nunca estuvo sobre la mesa. Hay que tener muy poca fe en el sistema para pensar que esta figura puede ser una especie de cuna de la nueva oleada revolucionaria que se avecina.
De pronto, de pronto, todo esto termina tolerablemente bien. Falta mucho, pero ya se dio un paso importante.
