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Francisco Gutiérrez Sanín
30 de julio de 2021 - 05:30 a. m.
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Alguna vez el novelista Francis Scott Fitzgerald dijo de su colega Ernest Hemingway que siempre estaba dispuesto a ofrecer una mano amiga. Pero a los que estaban arriba de él. Conozco a más de un personaje similar (aunque obviamente sin el talento de Hemingway). Sin embargo, la gran mayoría de ellos, incluido de hecho el gran Ernest, se equivocan ocasionalmente y exhiben alguna forma de decencia.

No así el actual Gobierno ni el minoritario partido que lo sostiene. Con la notable excepción de las situaciones en que miembros de su bando han sido agredidos, cuando se trata de escoger entre víctima y victimario, optan sin excepción por el segundo. Si hay miles de desplazados en Ituango, mandan comisiones para atender a los mercenarios que ultimaron al presidente de Haití. Cuando una joven alemana se aventura a asomar sus narices por nuestra protesta, no sólo la amenazan y matonean, sino que la echan del país —después de que hubiera salvado su vida por un pelo, gracias al corazón generoso de un muchacho que se lanzó a recibir una balacera que iría dirigida contra ella. La Policía se apresuró a describirlo como un hampón. Si unos energúmenos salen a disparar contra los ciudadanos que protestan, hay que protegerlos explícita o implícitamente. Si unos ciudadanos son agredidos por agencias de seguridad del Estado, el presidente corre a disfrazarse con su atuendo —y eso era antes de la compra del nuevo y primoroso uniforme—, sin un gesto de empatía para las víctimas. Si se habla del horror de los falsos positivos, naturalmente no hay que reunirse con las madres de Soacha ni lanzar siquiera una palabra de consuelo que pueda servir de bálsamo a los familiares. Aquí la consigna es en el mejor de los casos el silencio. En cambio, qué escándalo frente al hecho de que se aireen las cifras y —horror de los horrores— se diga en los colegios que esta atrocidad sucedió. No hablemos ya de Camilo Gómez tratando de silenciar la violación en nombre de la legitimidad.

Son tantos eventos, sin una sola vez en que se hayan salido del libreto, que es imposible no notarlo. Semejante consistencia es rara en cualquier colectividad humana. En una que se caracteriza por una inverosímil ineficiencia —uno de los pocos factores que aún nos protegen a los colombianos—, es aún más llamativa.

Y tiene consecuencias. El país se hunde cada vez más en el pantano de la normalización de lo inadmisible. El ambiente está cada vez más enrarecido. Lo del asesinato del presidente de Haití, lo del atentado al de Colombia están llenos de cosas extrañísimas, sobre las que no se ofrece —y por desgracia en muchos medios tampoco se pide— explicación alguna. Leí en El Tiempo que al capitán retirado que está encartado en el segundo episodio la Fiscalía le ofreció el acuerdo de poder cargar con la responsabilidad, pero sin delatar a nadie. ¿Cómo? ¿No que los acuerdos son para recabar información? Pues aquí tenemos uno para renunciar a ella. ¿Interpreté mal o habrá alguna explicación inocente de este al parecer extravagante trozo de letra menuda?

Mientras tanto, se van acumulando episodios terribles: un muerto aquí, una masacre allá, un desplazamiento masivo acullá. La respuesta del ministro de Defensa, cuya supuesta responsabilidad es protegernos, es acusar a Venezuela —sin evidencia aparente; de nuevo se escuchan correcciones— de haber planeado el ataque. Esto, como lo destacaron María Jimena Duzán y sus panelistas, lleva al país a un escenario que, de no ser por la frivolidad de los personeros de nuestro Estado, sería de guerra.

Los otros días, revisando unos viejos papelotes para mi clase del próximo semestre, me encontré con unas notas sobre Montesquieu. Decía el pensador francés que la cualidad básica de la monarquía era el honor; la de la república, la virtud, y la de la tiranía, el miedo. Adivinen adónde nos dirigimos.

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