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Francisco Gutiérrez Sanín
24 de abril de 2026 - 05:13 a. m.
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Los otros días El Tiempo publicó una columna en la que se llegaba a la conclusión de que sería necesario prohibir el vocablo “paz”. Cada quien tiene de él su propia comprensión, y su repetición en el espacio público revela una obsesión malsana.

El artículo no es particularmente malo; de hecho, es bastante más reflexivo de lo que hoy se oye habitualmente sobre la paz. Por eso, contrariamente a lo que plantea el autor, expresa de manera contundente la obsesión actual, simétricamente inversa a la que le molesta tanto: el ataque permanente y virulento a cualquier esfuerzo a favor de la paz, presente o futuro. Ella está alimentada por numerosos factores: incomprensión de lo que está en juego, la tendencia a pontificar sin haber estudiado mínimamente los problemas, efectos de manada acumulados, la intuición de que la mano dura hoy vende más que el “corazón grande”, la necesidad de denunciar a Petro y ahora, en plena campaña, a Cepeda, a como dé lugar. También está la fatiga de sectores amplios de la opinión (masiva, y de la que deberían tomar nota las actuales agrupaciones) con la permanencia de grupos armados, después de que en 2016 se llegara a un Acuerdo que se suponía sería final. No hablemos ya de que este ciclo de conflicto tiene diferencias fundamentales con los anteriores, así que entenderlo es objetivamente difícil.

¿Será entonces mejor no hablar más del asunto? Yo también quisiera pasar a otros temas. Sólo hay un pequeño pero chocante detalle que me lo impide: los grupos han crecido incesantemente desde 2016 hasta hoy. Crecieron bajo Santos. Crecieron bajo Duque. Crecieron bajo Petro. A la fecha, probablemente tenemos más de 20.000 personas en armas (sólo contando las denominaciones más grandes). No creo que sea una idea particularmente brillante castigar al fenómeno con el látigo de la indiferencia.

El contraargumento es que en lugar de negociaciones hay que solucionar las cosas a bala. Bueno, es una opción. El Estado, claro, puede y tiene que reservarse el uso de la coerción para enfrentar desafíos armados. Pero la respuesta únicamente represiva ya se aplicó durante el gobierno de Duque. El desenlace no fue bueno. Tampoco detuvo el avance de los grupos. Esa receta, se podrá aducir, es susceptible de mejoramiento. Pero lo mismo se podría decir de cualquier otra.

Hay en este debate muchos asuntos adicionales. Por ejemplo: al programa de este gobierno se le atribuyen numerosos males, pero no encuentro un esfuerzo correlativo por demostrar que existe una relación causal entre el mal social denunciado y la búsqueda de la paz. Esto es a la vez apresurado y erróneo, a veces francamente frívolo. Si se plantea que existe una relación causal entre A y B, toca tratar de demostrarla, no solamente señalar con el dedo y decir que A y B ocurren secuencialmente. Si María pelea con José y después le da dolor de estómago, eso podría ser causado por ese evento, pero también por una intoxicación, o por una enfermedad, o por un conflicto con otra persona.

Déjenme en esta ocasión plantearles, por tanto, una idea en contravía. Necesitamos seguir hablando de la paz y construyéndola. Con todos, no con los que me parecen chéveres. Llamando a cada uno por su nombre y no por el apodo truculento que les queramos poner. Comenzando con los que demuestren que quieren de verdad y ágilmente, no siguiendo un orden doctrinariamente preestablecido.

Eso será difícil, pero de pronto un poco menos que tratar de acabarlos por medio del látigo de la indiferencia (o a la brava). Podría ahorrar costos y horrores a miles de residentes en las regiones que varios analistas, de manera excluyente y antipática, quieren sacar de la ecuación que resuelva nuestros líos. Aunque fui, de hecho, uno de los primeros en criticar la paz total por varias de sus falencias, sigo aplaudiendo el no haber cejado en su búsqueda.

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