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Conversaciones entre personas distraídas

Francisco Gutiérrez Sanín

20 de enero de 2011 - 10:00 p. m.

EL 24 DE DICIEMBRE PASADO, ESTE diario publicó una carta de José Félix Lafaurie, según la cual una columna mía distorsionaba la trayectoria de su padre y contenía "aseveraciones que lindan con la calumnia".

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Además, se me conminó a acercarme a la justicia a hacer las denuncias de rigor, y me exigió aclarar mi “confusa teoría de los dos numeradores”. Le voy a dar gusto.

Comienzo con lo más fácil. Mi columna no tenía la menor intención de hacer una evaluación global de las actividades del señor Lafaurie senior sino demostrar que se opuso a la Ley 135 de 1961, que contenía una propuesta de redistribución de tierras. Lafaurie junior no refuta esto; sólo agrega que su padre además hizo otras muchas cosas positivas. Enhorabuena. Pero mi punto —la oposición a la Ley 135— queda en pie.

Ahora paso a la llamada “confusa teoría”. ¿Qué tiene de confusa? Cuando se analiza la participación de un grupo social en una fuerza ilegal, es menester tener a la mano dos criterios: a) cuánta gente activa en esa fuerza  proviene del grupo; b) cuánta gente del grupo pertenece o está vinculada a la fuerza. Son dos cosas muy distintas. Por ejemplo, si queremos cuantificar el papel de los odontólogos en el narco, habrá que ver qué porcentaje de los  narcos son odontólogos, pero a la vez qué porcentaje de los odontólogos son narcos. Si Lafaurie le dedica a este problema cinco minutos de reflexión, verá que no es tan complicado. La mayor parte de mi columna estuvo dedicada al primer numerador, y sólo traté marginalmente el segundo.

Comencemos pues con el primer numerador. Los hermanos Castaño eran ganaderos. También Mancuso, y otros muchos miembros de la cúpula ‘para’. Lo han sido dirigentes gremiales cercanos a las autodefensas, como el cordobés Rodrigo García. Las experiencias regionales de creación de grupos paramilitares tienen casi invariablemente fuerte presencia de ganaderos. En la primera reunión para formar grupos paramilitares en Puerto Boyacá había tres ganaderos, de ocho asistentes. En lo que nos concierne, esto es más la regla que la excepción. Véanse los relatos de Carlos Castaño sobre sus propios emprendimientos. Todo esto es público, y se ha analizado hasta la saciedad. Para comenzar, remito al lector a sendos libros ya clásicos de Carlos Medina y Mauricio Romero. En este momento mi fuente principal son los expedientes judiciales, y veo allí que el primer numerador ha sido muy, muy alto. ¿Quiere el señor Lafaurie que lleve los expedientes a la justicia?

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Sugerí que el segundo numerador podría también ser problemático. Claro, no fui tan lejos como esa figura pública que declaró, en 2006, que los jefes paramilitares “eran el amigo, el conocido, el pariente o el compadre. Era imposible no encontrárselos en el camino, por una u otra razón, bien sea por la proximidad o por la vía de la amenaza”. ¿Quién profirió ese terrible señalamiento? ¡Sorpresa! José Félix Lafaurie,  frente al 30° Congreso Nacional de Ganaderos. ¿Querrá acusarse de calumnia a sí mismo?

Nada de lo anterior permite ni montar una imputación genérica, ni banalizar los terribles padecimientos que sin duda han sufrido miles de ganaderos por causa de la guerrilla. Permite en cambio hablar de responsabilidades políticas y de un grave problema social. Volveré sobre esto. Pero cierro con un mea culpa. En efecto, equivoqué el nombre del interlocutor de Lafaurie (no era Rivera sino Cristo). Así, pues, actué como un hombre distraído. Pero el que fuera uno u otro no afecta en lo más mínimo la sustancia del asunto. Y en realidad el señor Lafaurie parece ser más distraído que yo. Si infiere de mi error que no leí su entrevista, tendré que concluir que él no estuvo en el país los últimos treinta años. Ni siquiera ha llevado la cuenta de sus propias declaraciones.

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