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Corín Tellado, el negacionismo y la ley de los grandes números

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Francisco Gutiérrez Sanín
08 de diciembre de 2011 - 11:00 p. m.
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...Y pasó lo que tenía que pasar. Así comienzan, o terminan, innumerables historias de amor en otras tantas narraciones de Corín.

Con respecto del tema de las víctimas, se puede decir exactamente lo mismo: pasó lo que tenía que pasar. El despojo de tierras, el desplazamiento, los asesinatos de líderes sociales, y la confabulación de agencias del estado con los paramilitares fueron en los últimos cuarenta años fenómenos de grandes números. Nuestra sociedad hoy se encuentra frente al tema de cómo compensar a los millones que han sufrido tales prácticas, lo que constituye no sólo una obligación moral insoslayable, sino también el requisito mínimo para las posibilidades futuras de convivencia civilizada entre los colombianos. Por desgracia, es difícil concebir políticas en este terreno que sean del todo "incentivo-compatibles", que es la expresión utilizada por los economistas para designar a los mecanismos contractuales que inducen a los aspirantes a revelar su verdadera identidad para recibir el incentivo. Siempre, pues, habrá quien quiera colarse.

Precisamente por eso --carácter masivo de la victimización y no incentivo-compatibilidad de las restituciones-- los muñones, que han ido desarrollándose tímidamente aquí y allá, de una política de reparación tenían que dar origen a "falsas víctimas". Era inevitable. Y es el pretexto que habitualmente utilizan los voceros de los perpetradores para poner en duda la existencia misma de los hechos. A esta clase de discurso se le llama, al menos desde el Holocausto, "negacionismo". La terrible ironía del negacionismo consiste en que usa el carácter masivo de la violación de los derechos humanos para desprestigiar las narraciones y reivindicaciones de quienes la padecieron. ¿Si se coló una mentira, no quiere decir eso que todos los testimonios están contaminados?

Creo que es más o menos obvio que hay una ofensiva negacionista en Colombia. No, no es un complot urdido en las sombras; es algo más o menos público. Comenzó con el tema del asesinato de dirigentes sindicales, que algún panfleto grotesco quiso reducir a una sucesión de riñas de cafetín. Nadie, ni siquiera los sindicalistas, quiso contestar a este lance; quizás porque nadie quería establecer diálogo con una voz proveniente del subsuelo. Después pasó lo de Mapiripán. Comentaristas encopetados y noticieros de televisión que habían callado como bacalaos cuando se cometió la masacre, ahora hicieron fiestas con el tema. Si hasta Mancuso, con siniestra precisión de contador, se sintió habilitado para enmendarle la plana a los que decían que en Mapiripán habían muerto más de diez personas. Finalmente, vino lo de Las Pavas. El lenguaje faccioso que usa la fiscal en este último evento me inquieta. Y como lo muestra la excelente crónica de Norbey Quevedo en este diario, el tema está lejos de agotarse. Igual sirvió como bandera de agitación, ondeada por personas y entidades que nunca tuvieron una palabra que decir sobre el inverosímil y sangriento despojo del que estaban --están-- siendo víctimas los campesinos colombianos.

Que son muchas. Pues lo que caracterizó a la sociedad colombiana durante la pesadilla del desplazamiento fue el silencio cómplice. ¿Cuántas marchas, cuántos programas de radio, cuántos esfuerzos colectivos de comunicación contra el desplazamiento, se promovieron en las últimas décadas? En mis cuentas --pero espero que alguien me corrija-- cero. Nada. Sólo unos fieles, a menudo arriesgando también su pellejo, permanecieron cerca del tema. Ahora que el negacionismo lanza su desafío, quedan al menos tres tareas. Primero, desarrollar y afinar las políticas públicas relevantes, morigerar los efectos de la falta de incentivo-compatibilidad, establecer buenos mecanismos de seguimiento y control. Segundo, fortalecer la tecnocracia --tanto del estado como de las ONGs-- para que sean los que tienen un mínimo de empatía con las víctimas quienes hagan las preguntas incómodas, a tiempo. Y tercero, tomar una opción firme, explícita, contra el negacionismo, lo que pasa por romper esa barrera de silencio que separa a las gentes de las ciudades de la tragedia de cientos de miles de desplazados. Esta es una decisión política. ¿Qué camino escogerán los altos funcionarios del estado, los medios, los partidos?

No lo sé. Lo que sí sé es que ahí termina, o comienza, una nueva historia de horror.

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