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Cosas pequeñas

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Francisco Gutiérrez Sanín
24 de mayo de 2012 - 11:00 p. m.
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En Colombia suceden tantos eventos aterradores que las pequeñas iniciativas positivas pasan desapercibidas.

Y esto es una lástima, pues nuestros muchos silencios —buena parte de ellos forzados, hay que decirlo: la capacidad de asimilación tiene límites— implican una pérdida muy real. Por una parte, se reducen sustancialmente los incentivos para impulsar ideas buenas; por otra, se desaprovechan los potenciales procesos pedagógicos asociados a esos cambios marginales pero tangibles que constituyen el pan diario de las democracias realmente existentes.

Para no ir más lejos, la Cámara de Representantes aprobó —creo que en segundo debate: cito de memoria y por tanto de manera inexacta— una iniciativa del congresista conservador David Barguil, según la cual ya no se podrá imponer una multa a los colombianos que quieran pagar sus créditos de manera anticipada. Para quien crea que leyó mal: en nuestro querido país la banca castiga al buena paga, lo cual no sólo constituye un abuso inaudito, sino que sugiere toda una serie de preguntas escabrosas. ¿Es que las condiciones de los préstamos son tan descaradamente usurarias que los pobres banqueros se sienten estafados cuando alguien logra escapar a uno? ¿Dónde está la regulación del Estado colombiano? ¿Dónde está la autorregulación que invocan gremios, siempre que algún funcionario, tímidamente y sonrojándose, alguna vez propone poner algún límite? ¿Dónde nuestro sentido común, que admite sin chistar semejante escándalo?

Pues bien: Barguil, con cuya trayectoria y desempeño no estoy familiarizado, identificó este problema, y propuso una solución. Las razones que aduce para impulsar la iniciativa no son ni muy claras ni muy contundentes. No importa. De hecho, al declarar, muy razonablemente, que se trata sólo de un primer paso, deja la puerta abierta a ajustes posteriores. Se podrá contra-argumentar que se trata no sólo de un primer paso, sino de uno muy, muy pequeño, un paso de reina de belleza en realidad, que favorece apenas a un sector muy minoritario de la población. De pronto: no conozco las cifras, y ni siquiera sé si Barguil haya presentado alguna en apoyo a su iniciativa. Pero mi intuición es la siguiente. En primer lugar, los colombianos que han hecho, o intentado hacer, algún pago adelantado a lo largo de su vida son miles, quizás cientos de miles. En segundo lugar, la extravagante penalidad definitivamente no castiga a los más acomodados. En tercer lugar, la limitación de prácticas abiertamente abusivas no solamente cumple un papel factual, sino otro simbólico. Casi que diría terapéutico: pues al des-normalizar rutinas absurdas que hemos interiorizado y aceptado, revela en toda su crudeza su verdadero carácter. ¿A cuántos de los lectores no les habrán sacado la plata del bolsillo, a través de este mecanismo, a plena luz del día? Y en cuarto lugar, como ya dije, la democracia real se asienta sobre esta prosa, sobre estos ajustes iterativos. Sí, se necesita lo otro, lo sexy, las reformas de largo alcance, sobre todo en un país como Colombia. Pero la experiencia sugiere que es mejor no desmerecer nunca a la prosa, sobre todo cuando funciona.

Como ya dije, estoy hablando a la ciega. Esta nota podría tener un final no muy feliz. Alguien podría hurgar en los archivos, y encontrar que Barguil es un personaje no muy recomendable, un presunto algo, quizás un para-algo. No me alegraría; tampoco me sorprendería tanto. Pero incluso si es así —y espero que no—, no creo que mine el simple e importante mensaje que transmite su proyecto de ley: hay cosas que se pueden y deben hacer en los escenarios democráticos. No se necesita ser un atleta moral, o un héroe, para aprovecharlos. Sólo un político con la cabeza sobre los hombros.

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