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El uribismo se encuentra en un estado de sobreexcitación tremendo.
Y, naturalmente, dispuesto a saltarse todas las barreras que imponen la responsabilidad, la decencia y quizás la ley (recordar el repetidísimo episodio de las coordenadas). Y a “partirle la cara” a cualquier “marica” que se atraviese. Algunos se preguntan si detrás de todo esto no hay sino motivaciones personales: animadversión y egos traicionados. Otros pensarán que el factor determinante es la cercanía del Halloween, que activa las proclividades profundas de algunos de estos personajes. Mi opinión es que la cosa va más allá.
No niego que haya asuntos de personalidades, comenzando por la intemperancia proverbial del jefe de la agrupación. Pero veo otros tres factores más de peso, más permanentes. El primero es una diferencia ideológica genuina. Para el Centro Democrático, el conflicto armado es una amenaza terrorista que nunca ha tenido relación alguna con variables sociales. Segundo, una parte de la capa dirigente del CD es prisionera de sus propios odios, que no puede dejar de exhibir. Desde la rabia infantilizante de Francisco Santos hacia su primo (mi plato es menos grande que el de él) hasta el romo racismo de la Cabal, pasando por toda una serie de indignaciones que se expresan inevitablemente a través de insultos y amenazas. No estamos hablando aquí de lumbreras, claro: pero sí de gentes que saben muy bien lo que significa incendiar al país, o lo que puede implicar escupirle en la cara a un grupo vulnerable que ha tenido que cargar secularmente con toda clase de estigmas. Dicho de otra manera: quienes actúan así podrán estar muy por debajo del nivel medio de comprensión, pero no pueden alegar inimputabilidad.
El tercer factor, sin embargo, es el fundamental. Uribe no puede dejar que esta paz fructifique. Va contra todo lo que necesita su auditorio duro, del que él mismo procede, pero también amenaza a su propio grupo. El caudillo ya ha gastado casi la mitad de su capital político en tratar de bloquear como sea el proceso, que de llegar a buen término podría además cambiar de manera sustancial las preferencias políticas de los colombianos. Uribe no puede permitir que esto pase. Tiene muy buenas razones para impedirlo. Y, contrariamente a buena parte de su corte, ve con claridad hacia dónde se dirige y qué tiene que hacer. En fin, la cercanía del Halloween cuenta: pero hay mucho más.
Permítame el lector referirme ahora a la campaña por la Alcaldía de Bogotá, ya que comenzó la faena. ¿Cuál es la situación de la ciudad? ¿ A quién hay que apostarle? Mi posición sobre el particular es simple. Si se presenta Carlos Vicente de Roux, y tiene una posibilidad real de ganar, votaré por él. Es un tipo serio, equilibrado, que se ha preparado y conoce muy bien a la ciudad. Además aspira en serio a ser alcalde: no hay nada peor que el político falsamente modesto que trata de mostrar que está por encima del oficio. Cierto: si no arranca pronto, capaz lo deja el tren.
Si por este u otro factor De Roux queda marginado, buscaré a un centrista competente, no gritón, que tenga una propuesta atractiva. No quiero ser unilateral: estos años de gobierno de la izquierda en la capital trajeron algunos resultados valiosos. Y el mundo no se acabó, como muchos predecían. Pero el balance trae también cosas malas: malísimas. Entre las que se cuenta la corrupta catástrofe de Samuel Moreno y muchos errores e incompetencias acumulados. Si la izquierda está pensando en serio en contribuir desde el Ejecutivo a este país —no hablemos ya de dirigirlo— tiene que hacer un balance serio y tratar de empezar a aprender a gobernar. Algunos de sus cuadros han mostrado que saben hacerlo; pero son pocos.
