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Crónicas de aquí y allá

Francisco Gutiérrez Sanín

07 de junio de 2012 - 06:00 p. m.

Como siempre, me enfrentaba al problema de la sobreabundancia que atormenta a los que intentamos construir semana a semana, con la paciencia inútil y compulsiva del escarabajo que lleva de aquí para allá y sin propósito aparente su bola de estiércol, nuestras crónicas colombianas.

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Todo estaba pidiendo un comentario, así fuera de pasada: desde la detención cada vez más extraña de Sigifredo López hasta las declaraciones del señor Vivanco sobre el marco jurídico para la paz, pasando por un par de terribles proyectos de ley que cursan en el Congreso (justicia y fuero), unos planteamientos importantes de la ministra de Salud, Beatriz Londoño, la renuncia del gabinete distrital, el acuerdo de los países de la cuenca del Pacífico, la derrota de Angelino en la OIT... Todo estaba ahí, lo frívolo y lo importante, lo terrible y lo constructivo, lo chistoso y lo amargo, lo cotidiano y lo bizarro. Sólo faltaba escoger. Y preciso en ese momento me enteré de la muerte del gran Ray Bradbury, el autor de Crónicas marcianas, Fahrenheit 451, El hombre ilustrado, y otras obras maestras.

Como pasó con su vida, su muerte estuvo rodeada de un vago halo de misterio: pero de un misterio tímido y amable. A estas horas que escribo, su deceso —que en todo caso no sorprende, el hombre ya pasaba de los 90 años— no está totalmente confirmado. Como fuere, su trayectoria como escritor tiene algo de sorprendente. Tenía todo para ser un estruendoso fracaso, y para desaparecer en las simas del olvido. Fue autor de género, pero además del género más amenazado por el cine, la televisión y los videojuegos: la ciencia ficción. Y cultivó su propia subespecialidad, que le pertenecía sólo a él: la ciencia ficción social, algo que, hasta donde sé, no ha tenido seguidores que merezcan mención. Lo que hacía Bradbury era preguntarse cosas por el estilo de: ¿cómo será sentirse solo en Marte? Como si no fuera suficiente, tenía la peor convicción política que pudiera cultivar un escritor de ciencia ficción: era un rebelde antitecnológico, de lo que es ejemplo su famosa Fahrenheit 451 —a la que no he releído desde hace lustros, pero que siempre me pareció genuinamente sobrecogedora—. Mientras sus pares construían un mundo fantasioso, lleno de robots, arañas espaciales y cohetes que superaban la velocidad de la luz, Bradbury cultivaba morosamente una inquina personal contra el televisor, y durante años se negó a tener uno. A cambio, logró construir una narrativa desapaciblemente humana, que ha sobrevivido al cambio generacional y a la vigorosa evolución de la tecnología. Miles de sectores lo siguen leyendo y reverenciando. Un poco como los fieles de su Fahrenheit, se enredan en sus libros por disfrute pero también por fe.

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Tengo que confesar que a mí me enerva un poco el conservatismo tecnológico, que siento más empatía por el hacker que por el profeta, y que disfruto de un buen partido por televisión sin ningún mal de consciencia. De pronto precisamente por eso me atrajo siempre esa capacidad de Bradbury de desentrañar las invariantes humanas en los entornos más extraños —sobre todo en sus cuentos, modalidad literaria en la que alcanzó una maestría que muy pocos han igualado (entre ellos, otro autor de ciencia ficción, el polaco Lem)—. Por eso vale la pena leerlo. Pero además —¡me acabo de dar cuenta!— porque vivimos en un país en el que la gente que quema libros llega al poder. Pero eso me lleva de las crónicas marcianas a las colombianas, y por consiguiente a la próxima columna. Hasta entonces.

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