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¿Cuándo celebramos?

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Francisco Gutiérrez Sanín
23 de julio de 2010 - 01:52 a. m.
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COMO SE SABE, EN MUCHAS ÁREAS este gobierno que termina ha tenido un desempeño que, a su manera, no puede dejar de calificarse como de excelencia: ha llevado la ineptitud y el desorden a niveles desconocidos. Se necesita cierto talento especial, cierta vocación, para hacerlo tan mal.

Al ya largo catálogo de descalabros extraordinarios que podrán exhibir los leones que protegerán en el futuro inmediato la flamante obra del uribato, habrá que agregar la desangelada, irrelevante celebración del bicentenario. Basta con leer el chat que publicó este diario en días pasados con una de las personas encargadas de organizarla, para entender la cortedad de miras, la mezquindad, la combinación única de incuria, inmediatismo y kitsch con la que se concibió.

Con todo y la cantidad de precedentes que hay en términos de, digamos, excelencia invertida, el desaliño con el que el gobierno recibió nuestros 200 años de vida republicana no deja de extrañar. Muchos países vecinos que se encuentran en el mismo trance que nosotros han hecho las cosas mucho mejor. Desde obras públicas hasta reflexiones colectivas de largo aliento enriquecen la efeméride. Aquí no se movió la aguja. Claro, no hay que pedirle peras al olmo (¿Obras? ¿Alguien se acuerda de qué significa eso?). Pero la pregunta sigue en pie.

Una posible respuesta es simplemente que este gobierno no tiene un relato para vincular sus intereses estratégicos con esta celebración. No puede ser bolivariano, por ejemplo, porque ese es el lenguaje materno del chavismo, y el adoptivo de las Farc. Cada uno de estos bolivarianismos tiene su propia trayectoria, signada por temas profundamente antidemocráticos (en 1969, creo, Germán Carrera Damas publicó un libro maravilloso, El culto a Bolívar, anticipando el potencial corrosivo que éste tendría en el vecino país). Más aún, es un bolivarianismo que con frecuencia degenera en caricatura grotesca (la exhumación del cadáver del Libertador para acusar a Santander de haberlo envenenado, etc.). Pero nótese que en todo caso es un relato, que conecta de mil maneras —en los discursos políticos, capilarmente en las escuelas, etc.— con la población.

El uribismo no puede ser santanderista tampoco, por su espíritu antiliberal, por su actitud básicamente instrumental ante la ley, por su desprecio por la prosa de la construcción del Estado y la “diplomacia meliflua”, y por su admiración servil a los héroes ecuestres. Santander aparece, a la luz de estos motivos, como un leguleyo, como un politiquero. Por razones semejantes tampoco cabe la reivindicación de figuras del pasado inmediato, manchadas por el estigma de haber permitido el auge del terrorismo, del que nos salvó el caudillo. Como Chávez, como prácticamente todos los líderes con tendencias autoritarias, Uribe niega los tiempos cortos y las rutinas reposadas que caracterizan a las democracias establecidas; prefiere los gestos y las gestas, la épica. Pero —contrariamente a Chávez, que se apoya en un mito fundador de larga tradición en su país— la suya es una épica sin figuras, porque no hay en el pasado quien realmente le convenga.

Por eso, quizás, se ha dedicado a disciplinar al futuro, pero eso ya es otro tema.

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