PARAFRASEO, DUPLICÁNDOLO, UN venerable aforismo del tango para aplicarlo a la más famosa banda de rock que hubo, que habrá: los Beatles.
Hace cuatro décadas (Lennon anunció a sus compañeros el 20 de septiembre su decisión definitiva de hacer rancho aparte) que el grupo dio fin a su trayectoria. Una trayectoria espectacular e inverosímil, en cierto sentido como la de Cristo, con quien en alguna célebre y escandalosa ocasión se compararon.
Si alguien quiere entender bien el sentido de la expresión “sinergia” (alternativamente, “propiedades emergentes”), puede estudiar la historia de los Beatles. Cierto: los cuatro eran músicos notables y, a su manera, personalidades. Ringo, el baterista, pedestre pero increíblemente contundente. Harrison, un maestro de la guitarra, del humor autodestructivo, de la melodía bizarra. McCartney, ingenioso, buena persona, por mucho el de mayor talento natural, y estúpido sin estridencias pero también sin resquicios: una combinación de características que ha de constituir el boleto ganador de la felicidad. Y Lennon, con su creatividad desbocada, su rabia, su incapacidad de percibir el ridículo. Cada uno por separado se hubiera convertido inevitablemente en una celebridad, sobre todo en un medio —el de la música pop— en el que no hay grandes barreras a la entrada ni demandas técnicas (como tantos otros, al principio los Beatles carecían de cualquier formación musical; en contraste con otros, fueron capaces de ir aprendiendo en el camino). Sin embargo, hay un abismo entre su discografía individual y la del grupo. No es que aquella sea mala: pero sí está lejos del simple sentido de gozo puro que destila la mejor producción de los Beatles. Ringo tendía a ser irrelevante, McCartney blandorro, Lennon descocado, Harrison pedante y falsamente esotérico. Juntos, no sólo se complementaban, sino que se protegían y se superaban. No es difícil entender por qué terminaron detestándose.
Cuando uno compara a los Beatles con otras leyendas de la música pop —qué se yo, Bob Dylan— fácilmente encuentra las diferencias que dan a los primeros una suerte de supremacía y hacen de la suya una experiencia mucho más universal. Hay algo de no intelectual, de disfrute simple y sano, que da a la música de los Beatles un toque incoherente pero indeciblemente delicioso. Incoherente, porque minaba las pretensiones que fueron adquiriendo, y porque iba en contravía de su lado más oscuro que, como todo buen músico, cultivaron con morosidad. Pero fue precisamente ese su eclecticismo el que los mantuvo siempre al lado de la experiencia del hombre del común, apenas un paso más adelante, no anunciando una nueva época sino mostrando cómo vivir a plenitud la suya. Su ausencia de Woodstock es simbólica: eran innovadores, no vanguardistas, y ya en 1969 estos últimos los podían mirar con distancia y cierto desdén.
Y sin embargo, estos clasicistas plebeyos fueron percibidos en su momento como una amenaza para las buenas costumbres. ¿Cómo habrán sido las reacciones en Colombia? Sería interesante saber cuánto hubo de miedo, de curiosidad, de entusiasmo, o de indiferencia, frente a estos cuatro bárbaros que se dieron la maña de cambiar la música para siempre.