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Como suele suceder, todas las fuerzas políticas reivindicaron el triunfo después de las elecciones del domingo pasado.
La verdad, todas comenzaron, y terminaron, en una situación bastante delicada. Los liberales tuvieron un deplorable desempeño en el Senado, compensado un poco por la tajada que lograron en la Cámara. La U quedó bastante reducida. De las fuerzas que se mantienen en la Unidad Nacional, solamente Cambio Radical mejoró su posición. Aunque pensándolo bien, el balance más preocupante podría ser el suyo: si con cataclismo en Bogotá (uno de sus nichos electorales), vicepresidente a bordo, y casas gratis, sólo creció un par de centímetros, parece estar condenado a mantenerse como el bonsai del jardín santista.
Mención aparte merece el partido Conservador, que quedó con un poder gigantesco, gracias entre otras muchas cosas a que Santos le permitió, y de hecho le habilitó, su juego doble. Cuánto no valdrán los votos conservadores en el Senado, ahora que con su concurso el gobierno podría formar una coalición mayoritaria, mientras que sin él se queda corto. La otra cara de la moneda es que los azules perdieron, como estaba previsto, votos muy sustanciales en ambas cámaras. Están enfrentados a una situación estilo piel de zapa (el lector recordará la fabulosa novela de Balzac): entre más equívocos y pedestres son, más se valorizan sus activos políticos, pero a la vez más se encogen. Sin embargo, pueden abrigar la esperanza de que si tienen acceso a la suficiente cantidad de mermelada, entonces estarán en posición de detener la caída en las urnas. Pobre Martha Lucía. El corazón de sus doctrinarios está con Uribe, y la razón de sus pragmáticos con Santos.
La catástrofe de la izquierda merece una reflexión aparte. Curiosamente, en el Senado podría ser, junto a otros partidos pequeños, decisorio, en el caso probable de que haya votaciones cerradas. Pero de eso no saldrá nada, pues Robledo es más anti-santista que pro-paz. La Alianza Verde eligió gente de primera, y tocará estar muy pendiente de su desempeño. Pese a lo reducido de su bancada, si le va bien, se abren muchas posibilidades interesantes. Peñalosa ganó al fin una elección, con el espectacular plante de casi dos millones de votos. Eso significa que al fin le salió un contendor con una posibilidad real a Juan Manuel Santos. Pero si comienza a sentirse astuto puede rifarse su capital político en dos o tres días. Ya veremos.
Gané almuerzos y botellas de licores misceláneos apostando a que el Centro Democrático estaría por las 20 curules en el Senado. En lo que respecta a política colombiana, la mejor recomendación es no pensar con el deseo. Algunos comentaristas ya se preguntan por qué, pese a este “honroso segundo lugar”, Uribe continúa lanzando improperios e insultos y ya denunció fraude (la sola palabra en la boca de este tipo, a cuyo nombre están asociadas tantas trampas descaradas, no deja de sorprender. Pero uno debería estar curado de sorpresas). La respuesta es simple. La orientación de esta fuerza extremista es generar la suficiente inestabilidad como para descarrilar el proceso de paz y crear una crisis que conduzca a soluciones de tipo constitucional, en las que podría alcanzar lo que realmente interesa: no los mendrugos que le caigan a Óscar Iván para paliar su triste anonimato, sino la reelección indefinida. Lo dijeron Gabriel Silva, un ex muy bien dateado, y, a su manera, ladina pero transparente, José Obdulio. Uribe también está sufriendo de su síndrome de piel de zapa, pues ha comenzado a pagar en apoyo de la opinión su activismo intemperante. Pero no lo puede interrumpir. La apuesta es demasiado grande para quedarse a mitad de camino. Ojalá las fuerzas pro paz y pro democracia tuvieran algo de su obstinación y foco.
