Catalina la Grande —Rusia, finales del siglo XVIII— tuvo un poderosísimo ministro llamado Grígori Potemkin. Alguna vez la emperatriz dio en la flor de recorrer su enorme imperio, y Potemkin, para convencerla de que todo iba bien, construyó una serie de poblados portátiles muy bonitos y elegantes sobre la orilla del río Dniéper. Pero eran pura fachada. Así, Catalina se ahorró el espectáculo de la miseria de sus campesinos y quedó entusiasmada con el mundo de fantasía que presentaban ante sus ojos. Apenas pasaba su comitiva, los trabajadores del ministro desmontaban el tinglado. ¿Fue un acto de amor —las malas lenguas dicen que...
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