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De Catalina la Grande a Iván el pequeño

Francisco Gutiérrez Sanín

11 de febrero de 2021 - 10:00 p. m.

Catalina la Grande —Rusia, finales del siglo XVIII— tuvo un poderosísimo ministro llamado Grígori Potemkin. Alguna vez la emperatriz dio en la flor de recorrer su enorme imperio, y Potemkin, para convencerla de que todo iba bien, construyó una serie de poblados portátiles muy bonitos y elegantes sobre la orilla del río Dniéper. Pero eran pura fachada. Así, Catalina se ahorró el espectáculo de la miseria de sus campesinos y quedó entusiasmada con el mundo de fantasía que presentaban ante sus ojos. Apenas pasaba su comitiva, los trabajadores del ministro desmontaban el tinglado. ¿Fue un acto de amor —las malas lenguas dicen que Potemkin era un ex de su soberana— o de maquiavelismo? ¿O simplemente se trata de una leyenda histórica, que se ha perpetuado a lo largo de los siglos?

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Como fuere, esa forma de gobernar —hermoseando la imagen sin tratar de producir una mejora sobre las verdaderas condiciones de vida de los pobladores— se ha llamado potemkinismo (y las ilusiones que crea, “aldeas de Potemkin”). Por lo visto, el método está haciendo furor en Colombia, lo que sugiere que en nuestro país, después de todo, las tradiciones históricas sí cuentan. Maravilloso, ¿eh? “El único riesgo es que te quieras quedar”.

Hay muchas ilustraciones de todo esto. Por desgracia son, sin excepción, trágicas. ¿Que las masacres proliferan? Llamémoslas “homicidios colectivos” (mi previsión es que se terminará imponiendo el término “fallecimientos colectivos”). ¿Que no llegan las vacunas para el COVID? Escondamos la información y armemos simulacros a lo largo y ancho del país; fabriquemos planes, cuentas y seguimientos. Todo vertiginoso y muy emocionante. Pero sin vacunas. Es un detalle que sólo los politiqueros querrían aprovechar. ¿Que el Acuerdo de Paz no se implementa? Digamos que sí se está haciendo, a la vez tratando de destruir los vestigios que aún funcionan del Acuerdo. ¿Qué siguen asesinando sin descanso líderes sociales? Deleguémosle el conteo a Barbosa, para que no cunda la alarma.

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Potemkinismo puro. Me corrijo: degradado. Porque algo va de Potemkin —en todo caso un constructor de Estado— a Barbosa. Pero, una vez más, se trata apenas de un detalle.

Pues el núcleo de la cuestión es el siguiente: el maquillaje deja intactos todos los problemas. Sí, lo sé, es obvio, pero en nuestro contexto —donde las cosas más raras adquieren carta de ciudadanía— vale la pena subrayarlo. Como obvio es el hecho de que el potemkinismo es aún otro factor que deteriora significativamente la calidad de gobierno. Lo digo completamente en serio. Piénsenlo. Aunque el gran Grígori supiera a la vez gobernar y simular —Mafe, que en el fondo tiene su corazoncito, me perdonará esta efusión soviética—, es más bien la excepción que la regla. Las destrezas para solucionar problemas y para hacer puestas en escena son distintas, y en los tiempos que corren —con niveles de división del trabajo mucho más altos que en aquel entonces— requieren seguramente de dos tipos de personal, también muy diferentes. Lo mismo se puede decir de los apoyos políticos y sociales que podrían respaldar una ruta u otra, la de la solución o la del montaje. Más aún, los liderazgos que optan por cada una de estas trayectorias han de tener una visión y unos objetivos bastante distintos. La capacidad de encubrir es fundamental y bienvenida si, por ejemplo, el objetivo básico es desinflar presiones internacionales y obtener margen de maniobra para seguir operando como siempre. El formato mental que casa con esta operación es necesariamente cortoplacista y prospera sólo sobre la base de la negación de la realidad.

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Pero esta, inevitablemente, cobra la cuenta. Por eso quiero recordarles a quienes están felices con la opción encubridora que nos costará montones. Mejor tener un gobierno de verdad, que ofrezca soluciones reales. Los otros días leí en un texto de Rafael Núñez esta frase devastadora: “Se busca un presidente”. Tal cual.

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