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De gobiernos y coaliciones

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Francisco Gutiérrez Sanín
23 de enero de 2009 - 01:51 a. m.
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YA QUE ESTAMOS EN PLENA OBAMAnía, conviene destacar una sencilla lección que está dando.

Su trayectoria desde que fue ungido como candidato demócrata se puede ver como un gran y prolongado esfuerzo por construir coaliciones cada vez más amplias. Comenzó haciendo las paces con Hillary y su heterogénea base social, que iba desde grupos étnicos específicos hasta la clase obrera (blanca) organizada. Después se corrió ostensiblemente hacia el centro, para captar a los republicanos desencantados, y a los miembros menos radicales de la “mayoría moral” sobre la que ese partido se ha apoyado sistemáticamente en los últimos años. Al nombrar su gabinete mostró su voluntad de hacer aún más heterogénea la coalición de gobierno: incluyó a personajes que iban desde el más bien extravagante Larry Summers hasta oscuros burócratas de lo que los gringos llaman la “comunidad de inteligencia” (es decir, la CIA y sus adláteres). Y en la ceremonia de posesión invitó a hablar a un pastor que había emitido declaraciones que afectaban en materia grave a los homosexuales, muchos de cuyos representantes y organizaciones a su vez se habían unido a la causa de Obama durante la campaña.

Correrse al centro y tratar de gobernar en nombre de la mayor cantidad de gente: aquí todavía no hay nada nuevo, sólo las leyes básicas de la política competitiva convencional. De hecho, es una tecnología que han bebido nuestros políticos locales con la leche materna y que utilizan con maestría siempre que es necesario. Lo interesante de Obama es que ha logrado combinar este movimiento —de tender la mano para ampliar el espectro de apoyos y aliados— con otro de darle un perfil característico a su gobierno y tomar literalmente desde el primer día medidas audaces en temas muy delicados: el aborto, la seguridad, el manejo económico. Para decirlo en una palabra, los esfuerzos conciliatorios de Obama no lo han conducido a la parálisis. Y aquí sí hay algo nuevo, algo que no tenemos —o no tenemos muy claramente— en nuestras tradiciones. Aquí hemos oscilado entre políticas públicas renovadoras que producen una gran polarización, o coaliciones que le dan tal poder a los socios minoritarios que se termina no gobernando. El Frente Nacional sufrió en carne viva este problema e incluso le puso un nombre (“inmovilismo”). Pero en Colombia salir del inmovilismo sin caer en la pelea callejera ha constituido la cuadratura del círculo. Quizás la Constitución de 1991 haya sido una excepción, pero su promesa sólo se implementó parcialmente, entre otras cosas porque la coalición que le dio vida se evaporó rápidamente (desaparición de la Alianza Democrática M-19 y del Movimiento de Salvación Nacional; implosión del Partido Liberal y dispersión de sus líderes reformistas). Después a la Constitución de 1991 la fueron desguazando, y han ido feriando los pedacitos como si fueran repuestos robados; pero eso es otro tema (un gordo tema).

No sé si a Obama le vaya a ir bien o mal. Ya veremos. Pero podemos aprovechar algunas de las sencillas lecciones que ha ido dejando en el curso de su histórica victoria. Esta es crucial para nosotros. Coalición amplia e inmovilismo NO son sinónimos.

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