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De Rubén a los MOOC

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Francisco Gutiérrez Sanín
14 de febrero de 2014 - 01:21 a. m.
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Leyendo los otros días la columna de Sergio Ramírez —el valioso intelectual nicaragüense— en El Tiempo, me acordé de lo parecidas que pueden ser las preocupaciones y debates que desvelan a los latinoamericanos.

Se angustiaba Ramírez por la educación, y pedía que su país no se adentrara en los laberintos del siglo XXI como lo hizo en los del XIX, cuando contó únicamente con la figura de Rubén Darío. Poeta inmenso —como reconocía incluso Borges, que tenía la lengua como una ortiga—, pero solitario. La solución, piensa el columnista, y con él muchos de nosotros, tiene que ver con el sistema educativo y con las universidades. Por desgracia allá en Nicaragua, afirma Ramírez, se puede fundar una universidad en un zaguán.

No hablemos ya de Colombia. Pero tal vez una variable que por estas latitudes tendemos a pasar desapercibida —el cambio tecnológico— va a terminar solucionando esta clase de problema, aunque con seguridad creará otros nuevos. Cogen cada vez más fuerza los MOOC (por sus siglas en inglés: Massive Open Online Course), es decir, cursos ofrecidos por las mejores universidades del mundo a quien quiera tomarlos. Los MOOC tienen muchas ventajas cruciales. Primero, son gratuitos. Es verdad que esta característica se ha ido debilitando. Ha crecido mucho la cantidad de ofertas con cobro, pero éste sigue siendo reducido, al menos en comparación con los costos de la educación superior en el país. Segundo, tienen un equipo docente fantástico. A menudo los que enseñan una técnica o una teoría son sus mismos inventores. Los MOOC son un buen ejemplo de que no siempre se cumple el cínico aforismo de que quien no sabe debe dedicarse a la enseñanza. Tercero, los videos están llenos de materiales de apoyo y el estudiante puede revisitar unos y otros a placer. Si, por ejemplo, Pedro Pérez toma un MOOC y ese día está distraído, o poco inspirado, y no entiende ni pío, puede volver a entrarle al material al día siguiente, algo a lo que Pepita Domínguez, que estudia la materia presencialmente, no puede acceder. Si ella se distrajo quince minutos, y el tema era genuinamente complicado, estará en dificultades. Cuarto, los cursos pagos y algunos de los gratuitos ofrecen certificados de haber terminado los estudios a satisfacción. Me pregunto lo siguiente: a la larga, ¿quién se defenderá mejor en la vida y en el mercado laboral: Pedro, que tiene su constancia de haber tomado una especialización virtual en, digamos Stanford, o Pepita, que terminó sus estudios en el zaguán y tiene un rutilante diploma firmado por la doctora María Fernanda?

Por supuesto, hay muchas barreras a la entrada para aspirantes colombianos, comenzando por la idiomática (pero esto sólo es parcialmente cierto: por ejemplo, Coursera, quizás la más poderosa página de MOOC, tiene ya muchos cursos en español. También en francés, italiano, ruso, chino y alemán). Aun así, aquí hay una promesa cierta de democratización radical de la educación superior de calidad.

Y de pronto esta presión pondrá en problemas al zaguán y obligará a muchas universidades de verdad a pellizcarse. Quizá suscite preguntas sanas: ante esto, ¿dónde queda lo que doy? ¿Cuál es el atractivo de mi oferta? Incómodo, pero positivo. Cierto: no hay almuerzo gratis. Un mundo con millones de estudiantes enganchados a MOOC en el norte (de pronto esto ya se hizo realidad) es un mundo que acumula una brutal asimetría más. Pero en esta ocasión voy a ahorrar mis lágrimas nacionalistas para otras causas: si los MOOC tienen el potencial de quebrar a las universidades de garaje en un futuro no muy lejano, y de poner a todo lo salvable a repensarse, esto tiene que considerarse como otra de sus contribuciones.

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