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Si, después del ataque de Estados Unidos e Israel a Irán, el lector siente alarma por la situación del mundo, tendrá toda la razón. Para comprobarlo, se podría comenzar por el conteo de potencias nucleares involucradas en conflictos calientes. Encabezan la lista Rusia, Estados Unidos e Israel. La agresión a los iraníes ha arrastrado al conflicto, así sea de manera menos directa, a Reino Unido y Francia, que tienen bases militares en la región. Más al oriente, India lidia con un largo conflicto separatista que involucra a Pakistán, otro poseedor de la bomba que, a su vez, está metido en un enfrentamiento que ya pasó a las armas con su vecino Afganistán.
No se trata simplemente de vino viejo en odres nuevos. Durante la Guerra Fría y su propia DMG (Destrucción Mutua Garantizada, o MAD por sus siglas en inglés) de las décadas de 1960 y 1970, había dos superpotencias que, se suponía, competían ferozmente, pero eran lo suficientemente responsables como para evitar enfrentamientos directos. Toda la idea de los tratados contra la proliferación nuclear consistía en impedir que armas que tienen el potencial de acabar con la especie humana cayeran en manos de liderazgos con gatillo fácil.
Estas salvaguardas están ya muy venidas a menos. A nadie se le ocurriría asociar a Trump con la palabra “responsabilidad”; el personaje y el adjetivo no caben en el mismo edificio. Solamente en este año los Estados Unidos secuestraron a un jefe de Estado, asesinaron a otro, amenazaron con invadir varios países (eso nos incluye a nosotros) y cometieron múltiples ejecuciones extrajudiciales. Netanyahu es un genocida, que quedó con el gusto por el olor de la pólvora y el sabor de la sangre humana. La Rusia de Putin, si no me equivoco, fue el primer país desde el fin de la Segunda Guerra Mundial en amenazar de manera pública y directa con el uso de armas nucleares. El indio Modi es un líder mucho más serio y metódico que Trump, pero también es un extremista. En Pakistán gobierna un oscuro gabinete con fuerte influencia de militares autoritarios. Y Europa derrapa y derrapa y no deja de derrapar… No sé cuántos crean que hoy se le pueda poner, sin muchas reservas, el marbete de responsable. Yo no me cuento entre ellos.
A esto hay que sumarle que operamos sobre una base tecnológica nueva, que nos lleva de la lengua a terrenos desconocidos. La “otra guerra” —como la llamó recientemente, y con razón, el New York Times— que se libra en Washington revela esto con gran claridad. Trump y su gente han lanzado una ofensiva en gran estilo contra Anthropic, la dueña de la app de inteligencia artificial Claude. La razón del diferendo es que Anthropic puso dos límites al uso de su tecnología por parte del gobierno: no puede emplearse para establecer sistemas de vigilancia masiva de ciudadanos estadounidenses; y tampoco está permitido que haga parte de armas autónomas capaces de decidir matar sin intervención humana.
Para Trump, en su deriva autoritaria, este es un problema práctico, pero también de principios. Lo primero, porque Claude y otras IA ya forman parte esencial del repertorio bélico de los países desarrollados. Lo segundo, porque quiere alinear a todo el sector de la tecnología más avanzada detrás de su proyecto.
Ya sabemos, o deberíamos saber, que la intervención humana en la decisión de matar no es una gran garantía de nada. Pero el intento de la primera potencia militar del mundo de quitarse de encima las salvaguardas contra la destrucción automatizada debería ser un escándalo mundial de proporciones.
No lo ha sido. Como tampoco el que la probabilidad de que volemos por los aires aumente sensiblemente. Yo me creía a salvo de las trampas de la nostalgia, pero acabo de recordar que, en los también turbulentos pero fundamentalmente diferentes tiempos de la DMG global, sí hubo movilizaciones gigantescas por la paz.
