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De un cacho

Francisco Gutiérrez Sanín

08 de agosto de 2013 - 05:36 p. m.

Uruguay cada día está más cerca de la legalización de la marihuana.

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Su buen y reflexivo presidente, José Mujica, ha pedaleado el tema con cuidado y paciencia. Sabiendo que el grueso de la opinión pública de su país aún se opone a la medida, y que no basta simplemente con declarar mágicamente el fin de esa política prohibicionista que tanto le ha costado a América Latina, se ha tomado su tiempo para construir una coalición en pro del cambio, tanto en el Parlamento como en las calles. Y la cosa parece estar saliendo adelante, con esa combinación de decisión y de falta de apremio tan típicamente uruguaya.

Si finalmente se llega a la legalización, se habrá abierto una importante ventana de oportunidad para el subcontinente. El prohibicionismo no ha hecho más que sembrar desastres, y al cabo de todos estos años nos encontramos con un problema social gigantesco de mafias, violencia urbana y consumo creciente, que no se puede enfrentar con las mismas recetas fracasadas que se usaron en el último siglo. La tragedia mexicana revela qué tan intratable se vuelve la situación cuando se induce un choque de trenes entre estados de desarrollo medio o bajo y las fuerzas de los mercados globales del crimen.

Y me alegrará sobremanera que el primero en pasar el Rubicón sea precisamente el Uruguay. La trayectoria de este pequeño país es en muchos sentidos ejemplar. Los otros días leí en un suelto de prensa que Mujica había roto con la hegemonía de 150 años de partidos de derecha, y el error me produjo un sobresalto. Pues el Uruguay moderno es en buena parte hijo de las reformas del gran José Battle (uruguayos y argentinos lo pronuncian como “Baye”), ganador a principios del siglo XX de una guerra civil, muy parecida en sus motivos y dinámicas a las que sufrió Colombia en el período. Pero Battle se las arregló para involucrarse en una maniobra de largo alcance de construcción de Estado e integración social en medio de la democracia, cuyo combustible sólo comenzó a agotarse por la década de los 60. Discutible, como todos los legados históricos, lo siguen reclamando sectores tanto del Partido Colorado, al que perteneció, como del Frente Amplio de Mujica. Nadie en sus cabales calificaría a Battle como político tradicional o de derecha.

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La extraordinaria figura de Battle es poco reconocida por los latinoamericanos, lo cual me parece un dato elocuente (y, la verdad, un poco deprimente). Nuestros liderazgos emblemáticos tienden más a la tragedia y al melodrama. Es cierto que a la vida de Battle no ha de haberle faltado la adrenalina. Fue periodista opositor, y como tal se ganó varios carcelazos. También participó en aventuras insurreccionales, como tantos de sus contemporáneos. Pero su biografía (¿habrá alguien que se haya ocupado de ella?) se caracteriza sobre todo por haber operado en todos los terrenos (el militar, el electoral, el de la negociación a puerta cerrada, el de la decisión), y haber recibido muy pocas derrotas. Y en su trayectoria de estadista supo combinar audacia genuina (comenzando por su apoyo al sufragio femenino y al divorcio) con capacidad de construir instituciones.

Este personaje serio y tremendamente eficaz, dueño de una generosidad sin estridencias, le enseñó a los uruguayos a reformar de verdad, verdad. Mujica encarna muy bien esta combinación de paciencia y capacidad de pensar en grande.

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