Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
SE ATRIBUYE A PEDRO NEL OSPINA EL siguiente aforismo maravilloso: “Ni el bien hace ruido, ni el ruido hace bien”.
Parece una glosa a los tiempos que corren. El Gobierno de Uribe y sus áulicos han hecho de la denuncia temeraria, de la insinuación malévola y del insulto una rutina política. Y después del paso de la ruidosa maquinaria va quedando un yermo.
La correlación entre decibeles y nivel de ineptitud se puede ver de manera prístina a través de varios ejemplos. En el caso de las relaciones con Venezuela, lo que sucedió probablemente fue que la gritería sirvió no sólo para movilizar a sectores de la población, sino como mecanismo de autoengaño. Cuántas cuentas alegres —con frecuencia francamente grotescas— no se hicieron sobre las posibilidades de conseguir mercados alternos al día siguiente, o de esperar a que al mercurial Chávez se le olvidaran sus quejas y rencores. Entre más se desgañitaban nuestros líderes, más se convencían de que nada grave estaba pasando, y más contribuían a hacer irreparable la situación. Cuando ya ésta se salió de las manos, y llovieron los insultos sobre el país y sus instituciones, entonces sí optaron por el silencio. Las soluciones, los planes B, simplemente no estaban allí.
Examinemos otro escenario. El Presidente de la República obviamente tiene un interés estratégico en debilitar a la Corte Suprema de Justicia. Por eso, su pueril andanada en el consejo comunitario de la semana anterior estaba orientada a crear las condiciones para una ruptura institucional. El amenazante comunicado del Ministro del Interior va en la misma dirección. La Corte se ha vuelto incómoda porque es la única instancia de control genuino que queda en Colombia, pero también porque se ha convertido en la garantía de la continuación de los procesos de la parapolítica. No es poca cosa. Ahora bien, no sólo en América Latina sino en otras muchas partes —ciertamente también a lo largo de nuestra historia— ha habido roces entre las distintas ramas del poder público. Quizá no sea una situación agradable, pero no es una rareza. En los países con democracia relativamente estable y consolidada, estos problemas se dirimen a través de negociaciones, de propuestas de solución, de ajustes graduales y de acuerdos alrededor de puntos focales y reglas no escritas. Todo ello contribuye de manera indirecta a la construcción institucional y al desarrollo de destrezas del manejo de la cosa pública por parte de las élites políticas. Aquí, a la primera diferencia más o menos seria el caudillo pone voz de macho, y su coro empieza afanosamente a cocinar propuestas para quitarse al molesto contradictor de encima. “¡Otra vez esa Corte! Nos la tienen montada”, pensarán. El método de combinar presiones con hostigamientos y amenazas no requiere de nada más que la fuerza. No se necesitan técnicas específicas, ni propuestas de solución, ni habilidades de construcción institucional. Esa es una de las varias razones por las que proliferan los ineptos en el actual equipo de Gobierno.
La promesa implícita es que si los dejamos solitos, sin que nadie meta las narices, gobernarán de maravilla. El desenlace observable, el laboratorio en el que esa promesa ya fue evaluada, es el flamante programa de Agro Ingreso Seguro.
