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Desaprobaciones

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Francisco Gutiérrez Sanín
04 de febrero de 2016 - 07:35 p. m.
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Pronto estaré aplaudiendo muchas cosas. Pero por el momento van cuatro situaciones de la abigarrada coyuntura nacional que realmente lamento:

Plan Colombia: desde hace mucho me he empeñado en criticar la tendencia a pontificar de varios de nuestros analistas y expertos. Todo es obvio y simple; el que no opina como uno no entendió nada. Dan ganas de exclamar: “repite conmigo diez veces: no sé”. El Plan Colombia tiene tanto de largo como de ancho, y me apresuro a reconocer que carezco de los conocimientos para hacer una evaluación global de sus efectos. Pero algo que sí deploro es que la conmemoración de sus 15 años haya generado una suerte de culto a Pastrana. En CM& nos hastió con una grotesca y edulcorada anécdota suya sobre cómo su hija Valentina transformó al hoy vicepresidente de Estados Unidos de “amigo” en “enemigo” de Colombia. Nos puso a todos los televidentes en peligro de sufrir un shock diabético. Pero aparte de eso surge una pregunta. El culto a la personalidad es de por sí suficientemente malo, ¿pero cómo se hace para desarrollar un culto a la personalidad cuando no hay personalidad?

Vendedores ambulantes: el alcalde de Bogotá parece empeñado en sacar a las patadas a uno de los sectores más vulnerables de la ciudad. Con el apoyo inequívoco de algunos medios electrónicos, para quienes el comercio informal no es una actividad económica sino simple fuente de ruido, inseguridad y mugre. Así, despojan a la gente de su humanidad básica. “Nos sacan como a ratas”, dice un cartel de los ambulantes. Tal cual. Todo esto va directamente contra mi sentido elemental de la ética, pero también de la estética. Uno no puede dejar sin fuente de ingreso a sectores sociales que están en el límite del mínimo calórico para subsistir. Por supuesto que la ciudad debe ser embellecida, y el comercio informal racionalizado. Pero si en ese proceso no se les dan alternativas reales y buenas a los vendedores informales y estacionarios, se configura un atropello terrible.

De qué se ríe, señor comandante: lo del Eln es una burla a todo el mundo: a la sociedad, a los amigos de la paz, y a todos aquellos que hemos apostado a una solución negociada con ellos. Los elenos no parecen haber entendido nada del momento que estamos atravesando, y se dedican a tratar de llamar la atención exhibiendo la extrema inmadurez que implica ese acto. Su discurso permanece igual de inflexible y de opaco aún para el especialista (no hablemos ya sobre lo que piensa la gran mayoría de los colombianos, en cuyo nombre se rasga las vestiduras la dirigencia del Eln). Lo peor de todo es que esta guerrilla tendría —sobre todo por algunos de los valores descubiertos en la etapa iniciada en la década de los 70— elementos para hacer una contribución real y jugar un papel en la tarea grande y complicada de reconstruir a Colombia. Pero para hacerlo tiene que decidirse, rápido, a jugar limpio y a hacer política. Por el momento, que liberen a todos los militares y civiles en su poder.

Defensoría: Como sugiere muy bien la columna de Gallón de esta semana, el problema de esta agencia no es el señor que salió (lo sé, lo sé: el Estado se va quedando sin poetas), sino los diseños institucionales. Y hay que pensar con cuidado no sólo cómo activar bien los que ya existen, sino también cómo mejorar los mecanismos de escogencia del defensor. En este momento quien obtiene el cargo es un político activo que sea capaz de demostrar ante el Congreso su astucia en el gran negocio nacional: el intercambio de favores. Aunque no sepa nada de derechos humanos. La Defensoría es ahora una agencia demasiado importante como para que esto siga así.

@fgutierrezsanin

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