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Diagnóstico

Francisco Gutiérrez Sanín

08 de octubre de 2021 - 12:30 a. m.

Quienes se hayan fijado en la flamante convención del Centro Democrático tendrán que concluir que la agenda predominante del partido de gobierno es la oposición a la paz. Todo el mundo pudo ver cómo Paloma Valencia, quien se las pica de representar “el ala liberal” del uribismo, blanqueaba los ojos y temblaba como poseída —no es exageración: basta con ver el video— mientras bramaba contra el Acuerdo de Paz. Lo mismo que María Fernanda Cabal, quien bautizó la reunión de su partido como la de “los patriotas del No”. Días después tuvo la avilantez de declarar que el espantoso episodio de los llamados “falsos positivos” era un invento de la izquierda. Los instintos asesinos de este personaje son bien conocidos, pero esta cachetada obscena a las víctimas es ya un paso adicional. Así que: “patriotas del No”, “blanqueadores de las ejecuciones extrajudiciales”.

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Mientras tanto, el Gobierno del partido jura estar implementando esa misma paz que sus jefes políticos afirman con tan extraordinaria ferocidad que hay que destruir. Emilio Archila celebra que la paz a la colombiana es un ejemplo para el mundo y destaca sus avances, como la bancarización de los excombatientes (los que quedan vivos) de las Farc.

¿Cómo explicar este contraste extraordinario entre lo que promete el partido de gobierno y lo que dice estar haciendo el Gobierno del partido? Ni los representantes del uno ni los del otro han querido ofrecer una explicación abierta, lo que ha dado pie a toda clase de especulaciones. Podría ser esquizofrenia: la “liberal” Paloma no se acuerda de la poseída, y viceversa. Hay dentro del uribismo una línea blanda y otra dura, aducen algunos. Aunque aquí la cosa no funciona muy bien, porque los supuestos personeros de una y otra se encuentran unidos en su oposición colérica al Acuerdo de Paz. De hecho, la convención puede leerse como un encuentro para que los auditorios duros del uribismo pudieran evaluar quién era más confiable en su odio a aquel.

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A mí me parece que la hipótesis más creíble, la más simple y llana, que casa con la evidencia disponible, es que el Gobierno del partido estuvo involucrado desde el minuto uno en una gran operación de simulación instrumental. El origen de esa simulación es el siguiente. Primero, el Gobierno quería mantener una relación fluida con sus interlocutores internacionales. Segundo, necesitaba aceitar —obviamente, junto con el flujo de “mermelada”— la coalición en el Congreso, sin la cual Duque difícilmente podría gobernar. Aparte del uribismo, esa coalición está constituida en esencia por partidos que le apostaron al Sí durante el plebiscito, e incluso a ellos les costaría explicar que hacen parte de un Gobierno hostil a la paz. Tercero, Duque sí quería implementar el programa del partido: hacer trizas la paz. En eso no hay diferencia observable entre él y Cabal (tampoco en su alineamiento con los victimarios contra las víctimas).

Eso explica la compleja composición de la “implementación” duquista: un recetario que contiene ajustes en el margen, embustes grotescos (tan falsos como los libros falsos con los que la Colombia duquista llegó a la Feria del Libro de Madrid), distorsiones fundamentales y ofensivas contra los aspectos que quedan en pie del Acuerdo. Lo que es claro —aparte del parloteo sobre bancarización, hojas de ruta, etc.— es que algunos de los aspectos básicos del Acuerdo fueron o bloqueados o destruidos. ¿Cuánta tierra han recibido los campesinos? ¿En qué quedó la “reforma rural integral”? ¿Qué pasó con la sustitución de cultivos ilícitos? La respuesta a estas preguntas es simple. Poca o ninguna, en casi nada, prefieren el glifosato y la bala a lo acordado.

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La próxima semana veré si puedo hacer una minievaluación de los cinco años del Acuerdo, pero por el momento déjenme insistir: ya es claro que darle la más mínima credibilidad a la puesta en escena de este Gobierno le hace mucho daño a la paz de Colombia.

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