16 Apr 2021 - 3:00 a. m.

Duque, Trump, Corín y el glifosato

El Gobierno sigue empeñado en adelantar su guerra química contra los cultivadores de coca. Lo está haciendo contra viento y marea, dando además un paso ulterior en el brutal deterioro de los pesos y contrapesos institucionales, uno de sus principales legados.

No es tan fácil encontrar las razones subyacentes a esta ofensiva. Los costos son claros. De todas las medidas contra las sustancias ilícitas, la aspersión parece ser de lejos la más impopular, como lo sugieren ya un par de encuestas. No tiene nada de raro que sea así. Rociar con tóxicos a decenas de miles de colombianos difícilmente puede tener alguna justificación viable. Que en el fondo la cosa no hace daño es la fórmula comodona y miserable que algunos químicos improvisados han tratado de esgrimir para defender la operación. Pero incluso extremando la razonabilidad y partiendo del supuesto de que hay estudios serios con resultados diferentes, el riesgo de afectaciones gravísimas (que incluyen el cáncer, como afirmara, cuando tenía otro amo, nadie más y nadie menos que el actual ministro de Salud) sigue siendo alto; y ninguna democracia que merezca ese nombre expondría a semejantes riesgos a un número tan grande de sus ciudadanos. Lo puede hacer este régimen bajo la condición de exclusión extrema de los dolientes y de que pueda responder a sus movilizaciones con bala (como lo ha venido haciendo).

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