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El cartero llama dos veces

Francisco Gutiérrez Sanín

12 de abril de 2018 - 10:05 p. m.

El mundo y el país atraviesan un período peligroso. En Colombia, la detención de Jesús Santrich puso en crisis a un proceso de paz que es cada vez más traumático y empieza a hacer agua por todas partes. En el momento en que escribo estas líneas, el momento de la crispación parece haberse superado, y tengo que decir que la dirigencia de la FARC —encabezada por su jefe, Timochenko, que ha sido muy consistente en su esfuerzo por tender puentes— invirtió una dosis significativa de buena voluntad para tramitar el impasse.

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Con respecto de la sustancia de la detención de Santrich, quiero ver las evidencias. Tratándose de líderes políticos, no creo que las absoluciones basadas en la afinidad tengan mucho valor. A la vez, detesto las condenas mediáticas del fiscal Martínez, que equivalen a un linchamiento. Ya que Martínez prometió por el micrófono pruebas contundentes, que las presente por ese mismo canal. Hasta ahora no hay nada.

Espero en este punto de la reflexión que el lector me permita —y el gran Faryd me perdone— un comentario tipo Mondragón: la acusación contra Santrich puede ser falsa, no concluyente o verdadera. ¿No hay más opciones, cierto? Si es lo último, entonces tengo una divergencia seria con los optimistas del proceso de paz. Ahora andan diciendo que esta captura demuestra que la cosa funcionó. Cómo los envidio. Pero no puedo compartir su entusiasmo. ¡No, eso no sería bueno para esta paz! ¡Sería un golpe durísimo! No irreparable, es verdad, pero severo. La paz se construyó sobre ciertos supuestos claves, y uno de ellos es que las Farc (entonces en plural) tendrían alguna voz dentro del sistema político. Santrich no es un cualquiera dentro de su organización; se trata de uno de sus líderes más connotados. Si ha estado traficando en gran escala (se habla de diez toneladas de cocaína…), esto deslegitima sustancialmente a esa fuerza. El asunto tiene consecuencias también para la valoración del tipo de negociación que se hizo desde el Estado. No veo la manera de invalidar o ignorar estas dos constataciones.

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Claro, en cualquiera de los tres desenlaces tengo otra divergencia: con los enemigos de la paz. ¡Qué fiesta hicieron, condenando anticipadamente a Santrich! ¡Cómo alarma este Duque, entusiasmado con cada fracaso de la paz aunque afirme hipócritamente no querer hacerla trizas! ¿Cuál es la idea: destruir las vidas de todas y cada una de las personas que hicieron parte de la guerrilla? ¿Hundir todos los dispositivos institucionales asociados a la paz que podrían generar un poco de verdad? ¿Es el vocero del Centro Democrático el más apropiado para condenar a alguien antes de que pueda defenderse en los tribunales?

Pero más allá de esto, me produce un gran malestar el hecho de que esta oportunidad de oro de construir una paz sostenible se nos esté escurriendo entre los dedos. Cuando despuntaba un nuevo ciclo de violencia, en 1964, el poeta y ensayista Gonzalo Arango escribió las siguientes palabras proféticas a raíz de la muerte del bandolero Desquite: “¿No habrá manera de que Colombia en lugar de matar a sus hijos los haga dignos de vivir? Si Colombia no puede responder a esta pregunta, entonces profetizo una tragedia: Desquite resucitará, y la tierra volverá a ser regada de sangre, dolor y lágrimas”. Encuentro la cita en ese gran clásico de nuestras ciencias sociales que es Bandoleros, gamonales y campesinos. Arango nos habla desde una distancia de más de 50 años, cuando se abría una ventana de oportunidad para la paz sostenible. Ahora hay otra. Pero se está cerrando. Quién sabe cuándo se presente aun otra oportunidad. El cartero llama dos veces. Pero no necesariamente tres.

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Posdata. El cartel del Golfo asesinó de manera infame a ocho policías que protegían a funcionarios de restitución de tierras. No puede haber evento más diciente. No dejen que pase desapercibido.

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