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El Congreso y la corrupción

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Francisco Gutiérrez Sanín
19 de noviembre de 2010 - 02:58 a. m.
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DE PRONTO ES CIERTO QUE ARMANdo Benedetti júnior es una suerte de regalo de Dios para los caricaturistas.

En compensación, es difícil que produzca rabia. Compárenlo con Juan Lozano, por ejemplo. Éste siempre aparece envarado, confuso, borrando sus huellas, tratando de ponerle una vela a Galán y otra a Uribe, dando explicaciones que nadie ha pedido. Fatal. Cada vez que proclama ser transparente, uno se pregunta qué estará tramando. Benedetti, por el contrario, se caracteriza por su naturalidad y su desparpajo. A veces le sale bien, otras veces mal, otras horriblemente, pero incluso en estas últimas la gente se ríe y exclama: “¡Este Benedetti!…”.

Ahora Benedetti está empeñado en defender el Congreso de la acusación de ser el foco nacional de la corrupción, pero está equivocando todos y cada uno de sus tiros. Y en cierta forma es una lástima. Porque no se le puede negar que las premisas de las que parte identifican problemas reales. En primer lugar, es verdad que las prácticas corruptas están muy difundidas en otras ramas del poder público. El que el Gobierno haya tenido que intervenir ya dos agencias claves —Fondelibertad y la Dirección Nacional de Estupefacientes— lo ilustra elocuentemente (así como pone en evidencia qué fue lo que significó Uribe en este terreno). Segundo, el Congreso hoy no es el epicentro del poder en Colombia; mucho de éste se ha transferido, sea al Ejecutivo, sea a los jueces, sea a agentes privados. Tercero, en el Congreso se hacen muchas más cosas que robar y hacer trampas. Y cuarto, sin él no hay democracia, punto. Que Benedetti haya expresado estas ideas en su estilo idiosincrático no las hace menos ciertas.

Pero en lugar de diseñar desde tales premisas una estrategia sensata, Benedetti ha adoptado una actitud primariamente reactiva, que amenaza con destruir el poco prestigio que pueda tener la corporación que preside. Lo que no ha entendido es que el Congreso colombiano necesita desesperadamente apoyos en la opinión, y que éstos no se pueden conquistar con conductas bochornosas y malaventuradas, como las de algunos de sus miembros (incluido él mismo) frente al estatuto anticorrupción de iniciativa gubernamental. El Ministro del Interior dijo que dicho estatuto estaba siendo sistemáticamente ubicado en los últimos lugares del orden del día de la Comisión Primera del Senado, y que en tales condiciones no tenía esperanzas de aprobarse. Vistos los hechos, es inevitable concluir que esta observación es rigurosamente cierta. Los senadores conservadores Enríquez y Gerlein se indignaron porque la opinión se enteró de este carameleo. Benedetti parece que sintió lo mismo y desde su alta posición sugirió tomar unas mezquinas retaliaciones contra la agenda gubernamental.

Bueno, este es el tipo de actitud que puede hundir al Congreso. Sus miembros no pueden olvidar futesas como la parapolítica, el proceso 8.000 o los demás escándalos —algunos enormes— que han puntuado su actuación en los últimos años. Hay decenas de senadores y representantes encarcelados, y otros muchos acusados, de cometer crímenes aterradores y de cocinar acuerdos con los peores asesinos. La democracia colombiana, sí, necesita desesperadamente un parlamento fuerte. Precisamente por eso cualquier congresista con dos dedos de frente correría ante la oportunidad de presentarse, por fin, ante la opinión como adalid de la lucha contra los corruptos. Hay que decir que el presidente de la Cámara entendió con rapidez la situación. Benedetti, en cambio, está actuando como el peor enemigo del Congreso.

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